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27.12.2021

Debido al actual conflicto en Cabo Delgado, Mozambique, cientos de miles de personas han tenido que huir y buscar refugio.

En marzo de 2021, Médicos Sin Fronteras (MSF) abrimos un proyecto en Mueda para brindar asistencia médica y humanitaria a las personas que huyen del conflicto en una etapa más temprana de su huida. En esta ciudad montañosa hay alrededor de 12,000 personas desplazadas que viven en el campo de reasentamiento de Eduardo Mondlane, que fue creado en abril.

A continuación te presentamos algunos testimonios de esta población.

Maganja Vetu: "Perdí todo lo que obtuve con mi trabajo de fotografía"

“Soy de un pueblo del distrito de Muidumbe y tengo 56 años. Desde julio vivo en el campo de tránsito de Nangua 2, cerca de Metuge. Mi nombre, Maganja, significa "amigo de amigos" en el idioma mwani. Somos más de 1,200 familias de varios distritos aquí. Los últimos en llegar son de Quissanga; llegaron después de que se produjera un ataque allí en septiembre. Mi esposa y yo tenemos ocho hijos e hijas de entre tres y 21 años. Están todos con su madre en la capital, Pemba, porque tienen que estudiar, pero las cosas allí son muy caras. Por eso vivo en este sitio. Para pagar las tasas de la matrícula hacemos trabajos temporales.

Huimos del pueblo antes de que llegaran los atacantes. Comenzaron a disparar en pueblos cercanos y escapamos como pudimos. He perdido la casa y el coche y no tengo forma de recuperar mis cosas. Hasta ahora no hemos recibido mucho apoyo. La primera distribución fue esta semana.

Solía trabajar como conductor y fotógrafo. Hacía fotos para todo el mundo. Tengo una cámara Canon. También viajaba con esta pequeña cámara Olympus y una impresora portátil. La última foto que tomé fue durante un evento en la iglesia. Todo lo que he obtenido en mi vida fue a través del trabajo con la cámara. Por cada foto cobraba 100 meticales [1,5 dólares estadounidenses]. Hacía fotos y vídeos de ceremonias tradicionales, ritos de iniciación y otras cosas. También hacía montajes y tomaba fotos para documentos oficiales, en color y en blanco y negro.

Algunas personas de mi pueblo han regresado, pero yo no tengo dinero para ir allí, ver cómo están las cosas y volver”.

 

Samuel Alberto: “Echo de menos la vida que tenía antes, cuando tenía una motocicleta, una dieta variada y dormía en una cama”

"Tengo 32 años. Soy de un pueblo del distrito de Quissanga. La violencia alcanzó mi zona en enero de 2020. Algunas casas fueron incendiadas. Fuimos a escondernos en el bosque por un tiempo. Luego las cosas se calmaron y volvimos a casa, pero en septiembre volvieron los hombres armados. Mi esposa, que estaba embarazada de ocho meses, fue secuestrada y desde entonces no he sabido nada de ella. Tengo dos hijos de mi primera esposa que están en Montepuez. En mayo de este año llegué al campo de reasentamiento 25 de Junho en Metuge.

Antes del conflicto, trabajaba como técnico en un proyecto de agua y saneamiento. En mi pueblo todo el mundo hacía algo, normalmente lo que le gustaba. Algunos pescaban bagres en el río, la mayoría eran comerciantes, otros eran carpinteros y algunos tenían granjas. Éramos felices. Trabajamos con cooperativas para producir arroz, maíz, ajonjolí... A partir de 2016 empezamos a utilizar un sistema de regadío para poder sembrar cultivos durante la época seca. En Mozambique tenemos ciclones casi cada año; un año las lluvias son buenas, al siguiente no... y en los últimos años hemos tenido mucha sequía. El clima actual es impredecible.

Echo de menos muchas cosas: la vida que tenía antes, cuando tenía una motocicleta para moverme, tenía una dieta variada y dormía en una cama. Ahora duermo en el suelo, como un animal. Extraño estar bajo un techo adecuado, y aquí casi siempre comemos arroz, solo arroz. Al menos trabajo como promotor de salud. Si estuviera sentado en casa todo el día, sería aún peor. La mayoría de las personas desplazadas no hacen nada. Tienes que hacer algo, sea lo que sea, porque sin trabajo estás peor. Aquí las cosas son inciertas: a veces obtienes comida, a veces no.

Mi idea de paz es estar en armonía con la comunidad. Tengo alguna esperanza. La mayoría de la gente quiere volver, pero no es fácil hacerlo. Necesitas dinero. Es posible que te perciban como miembro de un grupo armado".

 

Selemane Salimo: "La vida en el bosque no era vida, era sufrimiento"

“Tengo 58 años y soy de la ciudad de Mocímboa. A causa del conflicto, busqué refugio en el bosque y pasé un año y tres meses allí con más de 70 personas más. La vida en el bosque no era vida, era sufrimiento. Lo único que comíamos era yuca seca y hojas de yuca, sin sal y sin nada. Todos los días era lo mismo. No había nada más. Cuando llegaba la temporada de mangos, comíamos algunos mangos. Cavamos un pozo junto a un arroyo para obtener agua subterránea. Preparamos una trampa y de vez en cuando conseguíamos cazar algún un antílope. Comíamos esa carne para descansar un poco de la yuca. Damos gracias a Dios porque durante todo el tiempo que estuvimos allí no sufrimos ninguna enfermedad. Nuestra gran preocupación era ser descubiertos y asesinados. Pero ahora que estamos sentados todo el día en el campo de reasentamiento aquí en Nanili, surgen problemas de salud”.

 

Atija Bacar: "Mis momentos de felicidad en el campo son cuando juego con mis nietos"

“Tengo 65 años y soy de Mocímboa da Praia. Me marché de allí en marzo por el conflicto. Hubo violencia durante seis días. Los atacantes mataron a mi esposo y a mi hijo. Quemaron muchas casas y destruyeron infraestructura. Primero fui al pueblo de Mangoma. Me quedé allí un día y luego fui a Awasse, donde me quedé otro día. Luego llegamos a Nanili, la última aldea del distrito.

Desde abril estoy en Mueda. Contactamos con los líderes locales e inicialmente nos quedamos en una escuela. Después las autoridades crearon este sitio de reasentamiento conocido ahora como Eduardo Mondlane. Cuando llegué aquí, este lugar era un bosque. Algunas buenas personas me ayudaron a asentarme. Aquí todo el mundo duerme en el suelo y los techos no son fuertes. Me preocupa que no resistan durante la temporada de lluvias.

La gente en el campo se lleva bien por lo general, pero cuando hay distribuciones surgen ciertas tensiones. Gracias a un programa de dinero de una ONG, algunas personas han logrado iniciar pequeños negocios: algunos venden azúcar; otros pescado seco, cebollas u otros productos básicos.

Tengo parientes repartidos por Cabo Delgado. Varios de mis hermanos e hijos están en Montepuez. Intento hablar con ellos con frecuencia. Mis momentos de felicidad en el campo son cuando juego con mis nietos.

Soy partera y actualmente trabajo para MSF. Explico a las mujeres embarazadas que pueden dar a luz en el hospital Mueda, porque muchas dan a luz en casa sin asistencia médica. En Mocímboa también trabajé como partera en el hospital; con el dinero que ganaba pagaba a los jornaleros para que cuidaran mis cultivos de mandioca y maíz.

La guerra civil de Mozambique me afectó cuando era joven. La guerra actual parece más dura en comparación. Ahora si te atrapan, te matan. Pero si la violencia termina, estaré lista para volver a casa".

 

Filomena Bentu: "A lo largo de mi vida he pasado por momentos difíciles, pero lo que estamos viviendo ahora es peor"

“Tengo 80 años y soy de la aldea de Muambula, en el distrito de Muidumbe. Abandoné mi casa en octubre de 2020 después de un ataque. Irrumpieron en mi corral y lo destruyeron. Tenía ocho espacios con 100 gallinas cada uno. Ahora no tengo nada. Llegué a Mueda después de pasar dos semanas escondida en el bosque y desde abril de este año estoy en el campo de reasentamiento de Eduardo Mondlane.

Tengo ocho hijos y cinco nietos. Algunos familiares fueron a Montepuez, otros a Pemba y algunos incluso a la provincia de Nampula. Aquí en Mueda estoy sola con tres de mis nietos, que tienen tres, seis y nueve años. Vivimos en una tienda hecha con láminas de plástico, palos y arcilla. La cocina está en la entrada y tenemos un baño afuera y un pequeño huerto donde siembro yuca y papa dulce. Recojo las hojas de la mandioca, las presiono y luego nos la comemos. No he perdido a ningún familiar, pero he perdido todo lo que tenía y eso es terrible.

Las escarificaciones de mi rostro son parte de un ritual de la cultura makonde. Me las hice cuando tenía 15 años. Pasé tres días seguidos con la cara hinchada y sin poder comer porque tuve que cortarme la cara con cuchillas y poner un pigmento hecho de carbón en las heridas. Antes era algo habitual, pero después de la independencia de Mozambique se dejó de hacer. Ahora estamos todos juntos.

A lo largo de mi vida he pasado por momentos difíciles. Durante la época colonial portuguesa, muchas personas no podían estudiar, había mucha discriminación y nos utilizaban para hacer trabajos pesados. Éramos maltratados si protestábamos. Después de la independencia, la guerra civil también fue dura. Pero este conflicto que vivimos ahora es peor. No sé cómo terminará. En noviembre volví un día a mi pueblo para ver cómo estaban las cosas. Fui en una camioneta con otras familias. Hay gente que vuelve a casa, pero yo no estoy del todo tranquila. Queremos tener paz y que cada uno sea feliz en su casa. Hasta que eso pase, pido al mundo que por favor continúe ayudándonos a aliviar nuestra situación”.

 

Moamba Tawa: "Moverme de un lugar a otro todo el tiempo me pone triste"

“Tengo 77 años y soy del pueblo costero de Marere, en el distrito de Mocímboa da Praia. Allí cultivaba y pescaba. Después de que mi pueblo fuera atacado en 2019, fui a la ciudad. Allí estuve dos años, hasta marzo. Luego me fui a un pueblo del distrito de Palma. Solo estuve allí tres días porque el conflicto llegó hasta allí también, así que marché a Mandimba, en el distrito de Nangade. Pero la violencia también alcanzó este lugar y crucé a Tanzania. Mientras huía fui herido por balas. Los atacantes me dejaron abandonado junto a un río. Días después regresé a Cabo Delgado y me quedé en Negomano durante seis meses.

Con la ayuda que recibimos, pude hacer salir hacia delante. Construí un refugio con lonas y, con los utensilios de cocina, el aceite y el arroz que recibimos, pudimos comer por un tiempo. Al principio, MSF me trató las heridas y luego continué el tratamiento en un centro de salud público. Aunque últimamente no hemos tenido mucha comida, pensaba que estaba en un lugar seguro, pero en noviembre algunos insurgentes se acercaron también a esa zona.

Por eso vinimos a Mueda tras pagar 600 meticales [9.4 dólares estadounidenses] por persona por el transporte. Conseguí el dinero vendiendo algo de comida y algunas esterillas que habíamos hecho nosotros mismos. Cada vez que llegamos a un lugar nuevo y nos instalamos e intentamos hacer algo, de repente tenemos que irnos de nuevo. Moverme de un lugar a otro todo el tiempo me pone triste. No sé qué va a pasar en el futuro".

 

Biata Matías: "Cuando voy a recoger agua me puede llevar todo el día"

”Tengo 38 años y soy de un pueblo del distrito de Macomia. Huí de la violencia en agosto de 2020. El ataque nos sorprendió durmiendo. Después de pasar por algunos lugares terminé instalándome aquí en Nasitenge. Somos unos 12 en mi familia. Al principio vivíamos en casas de los lugareños. El campo de reasentamiento se levantó este año. Aquí no tenemos agua. Tienes que andar un largo camino para conseguirla. Cuando voy a recoger agua me llevo un balde de 20 litros. Me toma una hora llegar hasta allí, otra hora regresar, y mientras espero… me puede llevar todo el día.

Me gustaría regresar a casa pero no tengo dinero. Ahora todo es peligroso. Me pregunto por qué esta guerra no termina. Estamos corriendo todo el tiempo. A mediados de noviembre, un grupo de insurgentes se acercó a Namatil y mató a algunas personas. Todos, cientos de familias, huimos de aquí temporalmente porque teníamos miedo. Algunas personas fuimos al bosque y otras a diferentes lugares. Todo lo que cargamos con nosotros fueron algunos cubos de agua, utensilios de cocina y algo de ropa. Como llevábamos niñas y niños pequeños, mi grupo se desplazó lentamente. Después de un par de días, cuando las cosas se calmaron, regresamos a Nasitenge”.

 

Ali Mamadi: "La pesca era mi vida y ahora no sé qué hacer"

“Tengo 77 años y soy de Mocímboa da Praia. He sido pescador durante casi cuatro décadas. En un buen día, podía conseguir al menos cinco kilos de langosta y peces del tamaño de mi brazo. Vendía mucho de mi producto a comerciantes chinos. Mis dos esposas se dedicaban a la agricultura, especialmente a la cosecha de arroz, y entre todo teníamos una vida equilibrada. Tenía un bote de cuatro metros de largo con capacidad para 30 personas. Su nombre en suajili significa que no puede pertenecer a nadie. Con el dinero que me daba el barco, construí nuestra casa.

Cuando marché de Mocímboa en octubre de 2020, encontré refugio en la isla de Ibo durante varios meses. Seguí pescando como pude hasta que ya no me dejaron usar el bote. Regresé recientemente a Mocímboa para trabajar en la limpieza de partes de la ciudad, ya que muchas infraestructuras y edificios se han visto afectados por la violencia. La gente quiere volver a vivir allí, pero las autoridades aún no han dado luz verde. Por eso vine a Nanili hace dos semanas, mientras esperamos a poder regresar.

Tenemos hambre porque no hemos recibido nada desde que llegamos. Un familiar me transfirió 500 meticales [7,8 dólares estadounidenses] por teléfono, y con eso he podido conseguir algunas cosas. Me estoy quedando en esta escuela. En una de las aulas dormimos unas 70 personas. Traje conmigo algo de mi equipo de pesca: las aletas y las gafas de bucear. Lo he perdido prácticamente todo. La pesca era mi vida y ahora no sé qué hacer”.