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20.10.2021
El 14 y 15 de enero de 2021, Manaos, la capital del estado de Amazonas, vivió quizá los momentos más dramáticos de la pandemia de COVID-19 en Brasil. Un gran aumento de pacientes con casos graves de COVID-19 hizo que el suministro de oxígeno a la ciudad fuera insuficiente para satisfacer la creciente demanda. Decenas de pacientes murieron asfixiados. La tragedia se convirtió en un símbolo de falta de estrategia por parte de las autoridades brasileñas desde el inicio de la pandemia. En los siguientes días, la catástrofe ocupó los titulares en todo el mundo.
 
La magnitud y la rapidez con la que se desarrolló la crisis tomó por sorpresa incluso al personal experimentado de Médicos Sin Fronteras (MSF). Un equipo de emergencia de MSF se movilizó a Manaos lo más rápido posible y , en poco más de una semana, personal médico adicional se unió a los equipos locales y comenzó con la implementación de protocolos médicos básicos en las caóticas y escasas instalaciones de salud locales, que tuvieron que adaptarse de la noche a la mañana para recibir a pacientes críticos con COVID-19.
 
La crisis de Manaos tuvo graves consecuencias para las personas que necesitaban atención médica en el resto del estado de Amazonas. Manaos era el único lugar con unidades de cuidados intensivos (UCI) funcionales en Amazonas, el estado más grande del país y aproximadamente del tamaño de Europa Occidental. Las y los pacientes en estado crítico tuvieron que ser trasladados allí en avión pero, con la capacidad hospitalaria colapsando a medida que se agotaba el oxígeno, no había camas para que pudieran ser derivados. Mientras tanto, en Tefé, a unas 12 horas en barco desde la capital, MSF y el personal local se esforzaban para tratar a un gran número de pacientes en la sala de tratamiento de COVID-19 del hospital regional, abarrotada y con pocos recursos.
 
 
 
 
“A mediados de enero perdimos a tres pacientes en Tefé; pacientes que hubieran tenido posibilidades de sobrevivir si hubiéramos podido derivarlos a Manaos”, dijo Pierre Van Heddegem, coordinador de emergencias del proyecto COVID-19 de Brasil.
 
Semanas después, en febrero, el hospital de Tefé también se vio afectado por la escasez de oxígeno. “Solo teníamos unas pocas horas de suministro de oxígeno y varios pacientes dependían de él. Esperábamos lo mejor, pero nos preparábamos para lo peor”, dijo Van Heddegem. "Afortunadamente, los tan esperados cilindros adicionales llegaron en avión en el último momento".
 
La crisis de Amazonas fue probablemente el momento más difícil de una respuesta que comenzó en abril de 2020 en las calles de São Paulo, a casi 3,000 kilómetros de distancia. La respuesta inicial de MSF a la COVID-19 en Brasil fue brindar asistencia a la comunidad de personas sin hogar de São Paulo; que no tenían a dónde ir cuando el gobierno les dijo que "se quedaran en casa". En el año y medio que siguió, la respuesta de MSF se convirtió en su proyecto más grande en sus 30 años de historia en Brasil. En varios puntos, MSF realizó proyectos en 12 estados brasileños, brindando atención médica y asistencia a las comunidades marginadas, incluyendo a las personas migrantes, grupos indígenas y habitantes de áreas empobrecidas o remotas. En el camino, la pandemia planteó a los equipos de MSF muchos desafíos inesperados que les obligaron a reaccionar rápidamente y a aprender sobre la marcha.
 
Brasil comenzó la crisis equipado con algunas herramientas valiosas. Es uno de los pocos países con un sistema de salud pública universal y tenía un historial de buen desempeño en crisis de sanitarias anteriores. Sin embargo, con su tamaño continental y disparidades regionales, se enfrentó a enormes desafíos. A medida que el número de casos y muertes seguía aumentando, quedó claro que Brasil carecía de una respuesta coherente y coordinada a la pandemia.
 
La forma en que se gestionó esta emergencia produjo una larga lista de oportunidades perdidas: la crisis del oxígeno de Manaos fue la más cruel, pero no el único ejemplo de falta de coordinación. Las autoridades federales también minimizaron la enfermedad, evitando las mascarillas, el distanciamiento físico y la restricción de actividades.
 
 
 
 
Durante los primeros tres meses de 2021, Brasil se convirtió en el epicentro regional de la pandemia. En abril, MSF no dudó en calificarla como catástrofe humanitaria y en apuntar a una corrección urgente en la forma en que el país estaba enfrentando la pandemia. “La respuesta a la COVID-19 en Brasil tiene que comenzar en la comunidad, no en la UCI”, afirmó Meinie Nicolai, directora general de MSF.
 
También se libró una batalla de información. Muchos responsables de la toma de decisiones, liderados por el gobierno federal, apoyaron la prescripción del llamado "kit-COVID", una combinación de medicamentos ineficaces. MSF vio de primera mano el daño que este kit causaba a las y los pacientes. “Algunas personas lo tomaron con la ilusión de que les protegería y, a veces, incluso en dosis altas, pensando que les daría una protección adicional ante las nuevas variantes”, dice Jamila Costa, enfermera de MSF, que trabajaba en Rondonia, el estado directamente al sur de Amazonas. Muchas personas que utilizaron el kit-COVID solo buscaron la atención médica adecuada cuando sus condiciones eran críticas y ya no había mucho que pudiera hacerse por ellas.
 
A pesar de estos desafíos, MSF siguió adelante e intentó marcar la diferencia. Con recursos y personal limitados, era esencial que MSF amplificara al máximo el impacto de su trabajo. Muchos proyectos se dedicaron a capacitar a profesionales de la salud locales, compartiendo la experiencia de la organización en epidemias pasadas en todo el mundo, particularmente en la prevención y control de infecciones, para que estuvieran mejor equipados y así continuar ayudando a sus comunidades una vez finalizada la respuesta de emergencia de MSF.
 
Los equipos de MSF también cuidaron y apoyaron al agotado personal sanitario de Brasil, que soportaba la carga emocional de lidiar con las muertes diarias, sabiendo que también podían llevar la enfermedad a sus familias. Las y los profesionales de salud mental de MSF, inicialmente les brindaron primeros auxilios psicológicos y consultas de salud mental, y luego organizaron capacitaciones para otros profesionales, que podrían replicar esos primeros auxilios psicológicos.
 
Paralelamente a este trabajo, MSF priorizó la participación de la comunidad, contratando personal local, como promotores de salud y traductores que pudieran dirigirse a sus propias comunidades con mensajes sanitarios precisos. En ciertos lugares, esos mensajes se comunicaron en las  lenguas indígenas nativas.
 
 
 
 
“Con cada persona a la que llegamos, esperamos que nuestros mensajes se multipliquen y podamos dejar un impacto positivo y duradero en sus comunidades”, dijo Catherine de Sousa Rocha, promotora de salud que trabajó en Portel, un pueblo remoto en la isla de Marajo en norte de Brasil.
 
MSF logró mucho en los 18 meses de su respuesta, a pesar de enfrentarse a muchas limitaciones y desafíos. En São Paulo, atendió a pacientes sin hogar en albergues públicos, mientras que en las afueras de la ciudad organizó videollamadas para familias que no podían visitar a sus familiares en las UCI y brindó cuidados paliativos a pacientes cuando los tratamientos convencionales ya no eran efectivos. En Amazonas y Roraima, MSF notó que las y los pacientes indígenas estaban inquietos y no podían dormir en las camas, por lo que las sustituyó por hamacas en los hospitales.
 
Sobre todo, MSF trató de brindar una atención médica humanizada y digna.
 
“Hablamos con personal médico, de enfermería, integrantes de la comunidad y pacientes. Y lo que obtuvimos a cambio fue reconocimiento y gratitud”, dijo el Dr. Christos Christou, presidente internacional de MSF durante una visita a Rondonia. “Nos agradecieron por estar aquí y ayudarlos con orientación, protocolos y apoyo psicológico. Pero al final del día, lo que les dimos fue esperanza para seguir adelante".
 
 
Durante año y medio, MSF respondió a la emergencia de la COVID-19 con un enfoque flexible que le permitió movilizar equipos donde más se necesitaban y optimizar el uso de los escasos recursos y personal. En varias ocasiones, MSF realizó actividades en 12 estados: Amazonas, Bahía, Ceará, Mato Grosso, Goiás, Mato Grosso do Sul, Pará, Paraíba, Río de Janeiro, Rondônia, Roraima y São Paulo.
 
Los equipos de MSF brindaron atención a casos de COVID-19 en todos los niveles de atención médica, así como apoyo de salud mental para pacientes y personal médico, capacitación para mejorar protocolos y flujos de pacientes, y cuidados paliativos. También se hizo un énfasis significativo en la participación de la comunidad, con actividades de promoción de la salud y diagnósticos, principalmente con el uso de pruebas rápidas de antígenos. MSF también se ha ocupado de las comunidades de migrantes y refugiados en el estado norteño de Roraima desde 2018.