Vivir con miedo tras cinco años de conflicto en Cabo Delgado, Mozambique

Personas desplazadas por el conflicto en Cabo Delgado
Personas desplazadas por el conflicto en Cabo Delgado, provincia del norte de Mozambique, esperan junto a un camión en las afueras de Mueda. © Igor Barbero/MSF

Casi un millón de personas [1] viven actualmente desplazadas en el norte de Mozambique tras huir de sus hogares en busca de seguridad, debido al conflicto que comenzó en la provincia de Cabo Delgado en octubre de 2017.

Muchas personas se han visto obligadas a desplazarse en múltiples ocasiones, teniendo que abandonar sus pocas posesiones, medios de vida, seres queridos y comunidades en cada desplazamiento. Vivir un conflicto tan prolongado, con escasas o nulas perspectivas de un futuro estable, tiene profundas consecuencias para la salud mental.

Cinco años después, algunas comunidades de Cabo Delgado siguen viviendo con miedo constante y continúan experimentando traumas y pérdidas. Muchas personas han atestiguado asesinatos; otras han perdido el contacto con sus familiares y siguen sin saber dónde están.

“Estamos separados de nuestra familia y del resto de nuestro pueblo”, dice un líder comunitario de Mocímboa da Praia, un distrito del norte de Cabo Delgado, que ha tenido que empezar de cero una y otra vez, y actualmente vive en un asentamiento temporal en el distrito de Palma. “Ahora empezamos a oír que hay algunas personas en un lugar y otras en otro”, explica. “A veces oímos hablar de un familiar enfermo, pero no tenemos forma de visitarlo. A veces nos enteramos de que alguien ha fallecido, pero no podemos llegar hasta él. Cada día que pasa, nos entristecemos más”.

Tatiane Francisco, responsable de actividades de Salud Mental de MSF.
“La gente lleva años viviendo en una especie de limbo”. Tatiane Francisco, responsable de actividades de Salud Mental de MSF. ©Mariana Abdalla/MSF

 

Tatiane Francisco, responsable de actividades de Salud Mental de Médicos Sin Fronteras (MSF), afirma que el estrés y la ansiedad agudos debidos a la incertidumbre y la falta de perspectivas, así como la pérdida y el duelo, son las principales razones por las que la gente acude a las consultas de salud mental en nuestros proyectos.

“Las historias que escuchamos son de madres que tuvieron que dejar a sus hijos durante una huida y no saben cómo están; niños que presenciaron la muerte de sus padres; personas que presenciaron la muerte de otros familiares”, explica Tatiane. “Cuando estás constantemente bajo este miedo, es difícil pensar en el futuro, es difícil planificar las cosas. Sigues viviendo en modo de sobrevivencia. Las personas llevan años viviendo en una especie de limbo”.

María, una mujer mayor de Ancuabe, llegó a la ciudad de Montepuez en julio tras el estallido de violencia que desarraigó a más de 80,000 personas [2] en pocas semanas.

“Cuando estalló la guerra, todos corrimos en direcciones diferentes”, dice María. “Llegué aquí sola, con un niño que encontré en el camino. A su padre lo mataron a tiros. Su madre fue secuestrada. Me gustaría que la guerra terminara para poder volver a nuestra tierra”. 

Como María, muchas personas sueñan con volver a casa y reconstruir sus vidas como agricultores, pescadores y miembros de la comunidad. Sin embargo, la incertidumbre, el miedo y el trauma dificultan la vuelta a la vida normal.

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Maria Maleve, desplazada de Ancuabe, vive ahora en la ciudad de Montepuez.  ©Mariana Abdalla/MSF

 

“Ahora mismo, en diferentes partes de la provincia, hay tanto personas que regresan a sus lugares de origen como personas que se ven obligadas a huir y a comenzar de nuevo el desplazamiento”, explica Tatiane. “Puede que no haya violencia donde están algunas personas, pero nada les garantiza que esto no cambie en el futuro”.

“En otras palabras, psicológicamente, el mensaje que reciben nuestros cuerpos cuando siguen viendo la violencia en otros lugares es ‘los ataques siguen ocurriendo y no tenemos forma de predecir dónde será el próximo’”, continua Tatiane. Además, la violencia extrema suele dejar dolorosas cicatrices psicológicas a quienes la han sufrido.

“Algunos tienen el valor y el deseo de volver a su lugar de origen, pero otros, por el tipo de acontecimientos que han vivido, prefieren no arriesgarse a volver hasta estar seguros de que las cosas van bien”, afirma Josuel Moreira, psicólogo de MSF en Palma. “Esto nos demuestra que tanto las experiencias, como los sentimientos asociados a estas vivencias pasadas, siguen siendo vívidos y la gente los sigue arrastrando. Ni siquiera se puede llamar estrés postraumático; el trauma sigue ahí”.

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Josuel Moreira, psicólogo de MSF en Palma, lleva a cabo una consulta de salud mental. ©Mariana Abdalla/MSF

 

Mientras el conflicto en Cabo Delgado continúa, estos problemas de salud mental, así como el acceso a los servicios básicos, como la atención médica, el agua, los alimentos y el refugio, siguen siendo una lucha para muchos. Los equipos de Médicos Sin Fronteras dan respuesta a la crisis en Cabo Delgado desde 2019. Solo en 2021, trataron más de 52,000 casos de malaria, se realizaron casi 3.500 consultas individuales de salud mental y más de 64.000 personas asistieron a actividades grupales de salud mental.

Debido al contexto volátil, los equipos de MSF deben ser flexibles para adaptarse de forma ágil a los cambios constantes. La asistencia humanitaria se distribuye de forma desproporcionada en Cabo Delgado, prestando más ayuda en el sur de la provincia, que se considera más estable.

En algunos de los distritos donde trabaja la organización, como Macomia, Palma y Mocímboa da Praia, a menudo no hay ninguna o muy pocas otras organizaciones con presencia regular. Se necesita más asistencia para que las personas que viven en zonas de difícil acceso.

“Muchas personas no sólo perdieron sus posesiones, sus familias, sino que también perdieron su sentido de la dignidad, de vivir como personas, concluye Josuel.

 

[1] IOM – DTM Northern Mozambique Crisis – Round 16 

[2] OCHA Situation Report – Displacement influx in Cabo Delgado and Nampula, Mozambique, 1 June to 21 July 2022 

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