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13.10.2021
El norte de Siria atraviesa la ola de COVID-19 más grave registrada hasta la fecha: las necesidades superan con creces los limitados suministros de oxígeno y los centros sanitarios empiezan a agotar las existencias de kits de detección. En el noroeste, el sistema de salud ya no tiene capacidad suficiente para hacer frente a la situación, mientras que en el noreste el virus se propaga a un ritmo preocupante, según ha declarado hoy la organización médico-humanitaria internacional Médicos Sin Fronteras (MSF).
 

¿Qué pasa en el noroeste de Siria?

En el noroeste de Siria, el número de casos de COVID-19 confirmados casi llegó a duplicarse en septiembre, hasta alcanzar alrededor de 73,000 casos frente a los 39,000 registrados a finales de agosto. “Hasta ahora, el pico que se ha registrado en esta ola ha sido de aproximadamente 1,500 casos por día, a diferencia de las olas anteriores que nunca superaron los 600 casos diarios”, explica Francisco Otero y Villar, coordinador general de MSF en Siria. En esta región de cuatro millones de habitantes únicamente siguen brindando asistencia 16 de los 33 centros de tratamiento de COVID-19 que existen. Una infraestructura sanitaria ya de por sí limitada, así como los problemas de abastecimiento que se traducen en una detección deficitaria, hacen imposible tanto evaluar el alcance real de la propagación del virus como responder de forma adecuada. Los esfuerzos para contener el virus tropiezan con el escaso acceso a la asistencia sanitaria y la baja tasa de inmunización en el noroeste, donde solo el 3% de la población se encuentra totalmente vacunada debido a la reticencia a vacunarse y al ritmo de distribución de la vacuna.
 
“Somos testigos directos del alcance de este brote en las instalaciones que gestionamos y en aquellas a las que proporcionamos apoyo: las personas que necesitan oxígeno o cuidados intensivos con urgencia sufren largas tiempos de espera, porque no hay camas ni ventiladores disponibles, lo que provoca una mayor tasa de mortalidad en comparación con las olas anteriores. En Afrin, el 44% de las y los pacientes que actualmente están ingresados en un centro gestionado por MSF tienen entre 16 y 40 años, lo que significa que incluso las personas que antes se creían relativamente a salvo de la enfermedad grave causada por el virus se están viendo seriamente afectadas”, señala Otero y Villar.
 
 
MSF sigue tratando de ampliar sus operaciones en función de estas crecientes necesidades. En agosto, MSF reabrimos dos centros de aislamiento COVID-19 en la gobernación de Idlib, y actualmente estamos ampliando la capacidad de estos. "También hemos renovado nuestro apoyo en dos centros comunitarios de tratamiento en Afrin y Al-Bab, y mantenemos nuestro apoyo en un centro de tratamiento de enfermedades respiratorias en Afrin. En los campos de población desplazada, donde vive más del 13% del total de casos confirmados, gestionamos clínicas móviles para hacer pruebas de COVID-19 y distribuir kits de prevención a las personas desplazadas", afirma Otero y Villar.
 

¿Qué pasa en el noreste del país?

MSF también hemos observado un preocupante aumento de los casos de COVID-19 en el noreste del país durante las últimas semanas. En la última semana de septiembre, se registró un promedio de 342 casos diarios, la cifra más alta registrada desde el inicio de la pandemia. Aunque las cifras habían empezado a menguar a partir de la primera semana de octubre, el único laboratorio con capacidad para realizar pruebas PCR de diagnóstico para COVID-19 en la región se está quedando sin material y afronta un posible cese de actividades en las próximas semanas si las cifras no se mantienen a la baja. El suministro de oxígeno también está bajo mínimos, ya que el centro de tratamiento de COVID-19 en Hassakeh debe abastecerse de bombonas de oxígeno en las ciudades de Qamishli, Raqqa y Tabqa para poder satisfacer la demanda.
 
“Para responder a esta nueva ola de COVID-19, MSF colabora con una organización local para tratar a los casos confirmados o sospechosos de COVID-19 en los centros de tratamiento de Hassakeh y Raqqa”, declara Hanna Majanen, responsable de urgencias médicas de MSF en Siria. “Pero nuestro suministro de oxígeno está al límite, y nos preocupa que, si el número de casos positivos vuelve a aumentar o permanece a niveles tan altos, no podamos atender a todos los pacientes”.
 
 
Incluso antes de la pandemia, el sistema sanitario del norte de Siria tenía dificultades y dependía de la ayuda humanitaria para responder a las necesidades médicas. Y ahora, tanto los centros sanitarios como las organizaciones humanitarias son incapaces de hacer frente a la magnitud de esta nueva ola. En este momento, más que nunca, es necesario actuar para evitar que estas instalaciones se derrumben totalmente por el revés que ha supuesto la pandemia. Para salvar las vidas de numerosos pacientes de COVID-19 y mantener el sistema sanitario en funcionamiento en el norte de Siria, se necesita urgentemente apoyo y protección para el personal sanitario, suministro de kits de detección y oxígeno, mayor capacidad de camas en los hospitales y la ampliación de la cobertura de vacunación.