México: migrar, una caravana desde dentro

Malaika Pierre, de 38 años y acompañada de sus dos hijos, busca llegar a la Ciudad de México atravesando 1 200 kilómetros de carretera a pie. © Ángel Rodríguez/MSF

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Fecha de publicación

21 de mayo de 2026

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Malaika Pierre, de 38 años y acompañada de sus dos hijos, busca llegar a la Ciudad de México atravesando 1 200 kilómetros de carretera a pie.
Malaika Pierre, de 38 años y acompañada de sus dos hijos, busca llegar a la Ciudad de México atravesando 1 200 kilómetros de carretera a pie. © Ángel Rodríguez/MSF

Nadie elige caminar hasta que le duelan los pies; la caravana se convierte en la única salida cuando se agotan las opciones para trabajar o vivir con dignidad.

Por: Derly Sánchez Arias, coordinadora de MSF en Tapachula.

Las caravanas de personas migrantes son grupos organizados que viajan juntos —a menudo a pie— para intentar protegerse de la violencia ante la falta de rutas migratorias seguras. Como grupo, son más visibles, lo que reduce algunos riesgos, pero no todos. Públicamente, suelen ser calificadas como un “desafío logístico” o simplemente vistas como un flujo masivo de migrantes. Sin embargo, los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) que trabajan en Tapachula, Chiapas, en el sur de México, y origen de muchas caravanas de migrantes, ven a personas que han llegado al límite: el resultado de condiciones de vida insostenibles que las han obligado a buscar una salida.

Djosymar Vialski Joseph, joven haitiano de 23 años, huyó con sus dos hijos de la violencia de su país natal. Se unió a la caravana para buscar una mejor vida en otro lugar de México.
Entre los obstáculos que relata Lemus Emmanuel están el sol, el dolor de cabeza y las ampollas en los pies. © Ángel Rodríguez/MSF

La noche del 20 de abril de 2026, tras horas de lluvia, casi 1,000 personas partieron a pie de Tapachula. Comenzando a caminar por la carretera costera. Llevaban consigo solo lo esencial: agua, algo de comida y sus pocas pertenencias. No marchaban como estrategia política ni para provocar a las autoridades. Caminaban porque quedarse ya no era una opción. Después de más de 25 días en el camino, aún aspiran a llegar a la Ciudad de México o a otra ciudad que les ofrezca la posibilidad de trabajar y tener una vida digna.

Una de las raíces de este movimiento se encuentra en Haití, donde la crisis humanitaria, la violencia armada, el colapso institucional y el deterioro del sistema de salud han hecho inviable la vida cotidiana. No se trata solo de inestabilidad política. Es una crisis humanitaria en la que familias enteras huyen no solo de la pobreza, sino también de la violencia que utiliza a las personas —especialmente a las mujeres y las niñas— como territorio de guerra. Sobre todo, buscan protección y una pequeña posibilidad de un futuro sostenible.

Al llegar a México, esa esperanza se topa con una nueva barrera: Tapachula. La ciudad funciona como un bloqueo. Es una puerta de entrada, pero a la vez, un punto de confinamiento donde el tiempo parece detenerse. Sin acceso oportuno a documentos como la Clave Única de Registro de Población (CURP) —un número de identificación oficial esencial para trabajar, acceder a servicios en México o tener estatus legal— miles de personas permanecen atrapadas en albergues informales, sin una oportunidad real de reconstruir sus vidas.

Las voces de los migrantes haitianos

“Esta es la única esperanza que me queda”, dice Djosymar Joseph, de 23 años, quien viaja con la caravana. “Si miro hacia atrás, no hay futuro para mí. En Tapachula, no tener trabajo ni papeles es lo normal. No quiero volver a eso”. Djosymar es de Haití. Había comenzado estudios universitarios, pero tuvo que abandonarlos en busca de un futuro seguro. “Lo que me mantiene adelante es ayudar a mi abuela —que se quedó en Haití—, cuidarla. Para mí, ella lo es todo; es mi motivación”.

Djosymar Vialski Joseph, joven haitiano de 23 años, huyó con sus dos hijos de la violencia de su país natal. Se unió a la caravana para buscar una mejor vida en otro lugar de México.
Djosymar Vialski Joseph, joven haitiano de 23 años, huyó con sus dos hijos de la violencia de su país natal. Se unió a la caravana para buscar una mejor vida en otro lugar de México. © Ángel Rodríguez/MSF

“Pasé varios días sin comer para pagar la vivienda”, dijo Lemeus*, quien también era un estudiante universitario de 23 años cuando huyó de Haití. “Uno se va de su país porque las cosas no están bien, pero llega aquí y se enfrenta a la misma situación”.

Sus testimonios muestran cómo su sufrimiento continúa más allá de las fronteras. Sin ingresos estables, el acceso a la vivienda o a los alimentos no está garantizado. Las barreras lingüísticas y la adaptación a un entorno cultural diferente también dificultan las cosas.

En 2025 y en lo que va de 2026, las clínicas móviles de MSF han asistido a más de 1,400 personas de siete caravanas. El 95% de los pacientes eran mayores de 15 años y el 66% eran mujeres.

En Tapachula, entre 20,000 y 50,000 personas siguen esperando, según estimaciones de ONG locales. En las consultas, los equipos de MSF han escuchado historias recurrentes: mujeres, hombres y niños que han huido de la violencia y se enfrentan a nuevas formas de vulnerabilidad y violencia en México. Los impactos no son solo físicos. También existen consecuencias para la salud mental. Muchas personas padecen enfermedades crónicas que llevan meses sin tratamiento. Viven en condiciones de hacinamiento, a menudo sin acceso fiable a alimentos ni agua potable, mientras que muchos niños y niñas no asisten a la escuela y luchan por sobrevivir en las calles.

Caminar bajo el sol abrasador con ampollas abiertas no es una elección ni una estrategia. Es una respuesta al estancamiento. A medida que avanzan, las caravanas evidencian las limitaciones de una respuesta que no ha logrado resolver la situación.

Seguir interpretando las caravanas como una amenaza es pasar por alto lo esencial: son el resultado de contextos que expulsan a las personas y de viajes marcados por la espera, la incertidumbre y la falta de alternativas viables. Son como una herida abierta que no cicatriza. Son el resultado de la violencia que obliga a las personas a huir y que luego las persigue en cada etapa del viaje: durante el tránsito, en las fronteras, en las denegaciones de asilo y en la indiferencia general ante su difícil situación. Verlos como una amenaza es negar la dignidad de aquellos que, incluso durante el dolor, siguen caminando con la esperanza de encontrar un lugar para empezar de nuevo y vivir sin miedo.

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