Jugar futbol, rezar, y jugar futbol de nuevo

Mazim (a la derecha), de 12 años, juega al fútbol con sus dos hermanos pequeños, con una pelota que fabricaron con un calcetín relleno de bolsas de plástico. Campo de tránsito de Adré, Chad. © Thibault Fendler/MSF

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5 de junio de 2026

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Mazim (a la derecha), de 12 años, juega al fútbol con sus dos hermanos pequeños, con una pelota que fabricaron con un calcetín relleno de bolsas de plástico.
Mazim (a la derecha), de 12 años, juega al fútbol con sus dos hermanos pequeños, con una pelota que fabricaron con un calcetín relleno de bolsas de plástico. Campo de tránsito de Adré, Chad. © Thibault Fendler/MSF

“Lo primero que se ve al llegar al campamento de tránsito en Adré (Chad) es una cancha de fútbol”, recuerda Cynthia Matildes, psicóloga mexicana y trabajadora de Médicos Sin Fronteras (MSF). En un paisaje seco y rojizo, determinado por un sol calcinante propio del centro-norte de África, el blanco de las dos porterías se sostiene ante la intemperie, mostrando que, aun huyendo de una de las guerras más sangrientas e ignoradas del mundo, la pelota sigue rodando. 

Cuando estallaron los combates entre las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) y las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) en abril de 2023, Jartum se convirtió en una de las ciudades más peligrosas de Sudán. A la fecha y desde abril 2023, cuando el conflicto escaló, cerca de 14 millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, y muchas han tenido que huir en múltiples ocasiones, perdiéndolo todo. Otras miles han cruzado a su vecino Chad. 

En territorio sudanés, el hambre, la falta de acceso a suministros básicos y la violencia sexual son utilizados como arma de guerra contra las mujeres sudanesas. 

Mazim (centro) es originario de El Geneina, la capital de Darfur Occidental. Es uno de los decenas de miles de niños que han huido de Sudán hacia el este de Chad desde el estallido de la guerra en abril de 2023.
Mazim (centro) es originario de El Geneina, la capital de Darfur Occidental. Es uno de los decenas de miles de niños que han huido de Sudán hacia el este de Chad desde el estallido de la guerra en abril de 2023. © Thibault Fendler/MSF

MSF ha catalogado la guerra en Sudán como “una catástrofe humanitaria colosal” 

Adré es una ciudad fronteriza con Sudán que antes del conflicto tenía una población de 30 mil. Ahora, tan solo en el campo de tránsito habitan 200 mil personas refugiadas. Ahí viven Mazim y Mouhaz, hermanos de 10 y de 8 años provenientes de El Geneina, capital de Darfur Occidental en Sudán; ellos protagonizan un clásico como ningún otro. 

En la tierra rueda un balón lejano al Adidas Finale de la Champions o el Al Rihla usado en Catar en 2022. Para ellos, uno fanático del Real Madrid y el otro del Barcelona, la pelota puede ser opcional, pero la pasión no. 

“Al principio, tuvimos una pelota, pero se ha ido desgastando con el tiempo, así que rellenamos un calcetín con plástico y ahora jugamos con eso”, cuenta Mazim a Thibaut Fendler, coordinador de comunicaciones de MSF en Adré. 

“Soy de El Geneina y el mayor de seis hijos, tengo dos hermanas y tres hermanos”, dice Mazim. “He estado aquí por más de un año y también comparto el refugio con dos de mis primos. Mi tía, la hermana de mi mamá regresó a Sudán hace unas semanas para tratar de encontrar a su esposo, quien está perdido desde hace meses”, agrega. 

“La vida aquí está bien. Mis días consisten en jugar fútbol, rezar, y jugar futbol de nuevo. Cuando juego, siempre tengo la misma posición: defensa”, continúa. “Mi equipo favorito es el Madrid. ¡Mira! Tengo su logo en mi pants. Y mi jugador favorito sigue siendo Cristiano Ronaldo, incluso aunque ya no juegue ahí. Mi hermano le va al Barcelona, usa su jersey siempre. Así es como jugamos todo el tiempo: Real Madrid vs Barcelona”. 

Matildes, quien ha trabajado en la región desde 2022 en distintos proyectos de MSF, cuenta que la dicotomía entre la tragedia y la vida cotidiana se convierte en una necesidad para sobrervivir. A pesar de que en Sudán y Chad las consecuencias del conflicto se sienten en la fibra de toda interacción, el fútbol sigue construyendo puentes y, en ocasiones, esperanza.

Un clásico en un campo de refugiados del este de Chad. Mazim (a la derecha), 12 años, juega al fútbol contra su hermano pequeño.
Un clásico en un campo de refugiados del este de Chad. Mazim (a la derecha), 12 años, juega al fútbol contra su hermano pequeño. © Thibault Fendler/MSF

“Si tu vienes de México a El Geneina o Adré, lo más probable es que algún niño o adulto vaya a mencionar a algún futbolista”, dice. Y podría parecer un detalle superfluo, pero para Matildes, en su práctica profesional, se convierte en un puente para sanar las heridas de la guerra. 

“Es una forma de agarrar confianza. Les hablas de lo que les gusta hacer a los niños, por ejemplo, y muchas veces terminas hablando de fútbol, de su equipo favorito, y te dicen que cuando crezcan van a ser jugadores del Real Madrid. De hecho, recuerdo a un niño que me decía que estaba intentando aprender español porque después jugaría con ellos”. 

La pelota, los colores y los partidos siempre son más que solo un juego. Matildes, precisamente, ve estas declaraciones como un arrojo de luz en las complicadas circunstancias que podrían encontrarse estas infancias. 

Artículo publicado en la Revista Balompié en 2024.

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