Sin derecho a trabajar y con menos ayuda: testimonios de pacientes rohinyás

Norul Amin, de 66 años, es un refugiado rohinyá, que vive en el mayor asentamiento de refugiados del mundo en Cox's Bazar, Bangladesh. © Farah Tanjee/MSF

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18 de junio de 2026

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Norul Amin, de 66 años, es un refugiado rohinyá, que vive en el mayor asentamiento de refugiados del mundo en Cox's Bazar, Bangladesh.
Norul Amin, de 66 años, es un refugiado rohinyá, que vive en el mayor asentamiento de refugiados del mundo en Cox's Bazar, Bangladesh. © Farah Tanjee/MSF

Desde el éxodo masivo de 2017, cerca de un millón de personas refugiadas rohinyás en Cox’s Bazar han dependido por completo de la ayuda humanitaria. Al no tener permitido acceder a empleos formales, la asistencia alimentaria constituye su único medio de subsistencia.

En abril de 2026, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) sustituyó el sistema uniforme de vales de alimentos para refugiados rohinyás en Bangladesh por un modelo de asistencia basado en necesidades. Bajo este esquema, los hogares con inseguridad alimentaria extrema reciben 12 dólares por persona al mes. Aquellos con inseguridad alimentaria alta reciben 10 dólares; y los hogares con inseguridad alimentaria reciben 7 dólares mensuales en Cox’s Bazar (con montos ligeramente superiores en Bhasan Char).

“Ya no podemos llegar a fin de mes. La ayuda económica simplemente no alcanza”

Mi nombre es Rohima*. Tengo 24 años. Han pasado casi nueve años desde que llegamos a Bangladesh, huyendo de la violencia y los enfrentamientos en Myanmar en 2017.

Cuando cruzamos la frontera durante la noche cerca de Tumbru, tenía siete meses de embarazo y me enfermé gravemente. Caminamos todo el trayecto mientras utilizaban armas contra nuestra gente. Apenas cruzamos la frontera, tuve que ser trasladada a Cox’s Bazar para recibir atención médica y me tomó un mes recuperarme.

Rohima, una refugiada rohinyá de 24 años, ha vivido en los campos de refugiados de Cox's Bazar desde que huyó de la violencia en Myanmar en 2017.
Rohima, una refugiada rohinyá de 24 años, ha vivido en los campos de refugiados de Cox’s Bazar desde que huyó de la violencia en Myanmar en 2017. © Farah Tanjee/MSF

Cuando llegamos, el gobierno proporcionaba 12 dólares por persona. En ese entonces teníamos menos hijos y podíamos salir adelante. Con el paso de los años, nuestra familia creció hasta estar conformada por seis integrantes: mi esposo, nuestros cuatro hijos y yo.

Ahora que somos una familia numerosa, la ayuda se redujo a 10 dólares por persona y ya no logramos cubrir nuestras necesidades básicas.

Cuando recibíamos 12 dólares, cada persona obtenía 13 kilos de arroz, un kilo de azúcar, un paquete de sal y dos barras de jabón. Para toda la familia también entregaban chile, aceite, harina y cebollas. Aunque no alcanzaba para todo el mes, sí cubría entre 20 y 22 días.

Con la asignación de 10 dólares, las provisiones apenas duran unos 15 días. Para sobrevivir tengo que tomar decisiones imposibles. Desde la reducción de la ayuda, dejé de consumir mi porción completa de arroz para poder llevar a casa otros productos esenciales como huevos, pollo, aceite y harina para mis hijos pequeños, que suelen enfermarse.

Mi esposo está muy enfermo y no puede realizar trabajos pesados. Además, nuestros hijos se enferman con frecuencia. Actualmente me encuentro en una clínica de Médicos Sin Fronteras (MSF) porque mi hijo menor tuvo una fiebre tan fuerte que no podía moverse.

Como no tenemos dinero, no puedo llevar a mi esposo al médico con la frecuencia que necesita. Para sobrevivir durante los días del mes en los que las provisiones ya se terminaron, él realiza pequeños trabajos ocasionales.

Además del hambre y las enfermedades, enfrentamos una nueva amenaza. Personas desconocidas han llamado a mi esposo para exigirle que se una a un grupo y regrese a Myanmar para realizar determinadas tareas. Él se niega porque no quiere abandonar a su familia.

Debido a estas amenazas tuvimos que abandonar nuestro refugio y mudarnos a otro lugar. Las recientes tormentas también dañaron nuestra vivienda y seguimos esperando materiales para repararla.

Estoy agradecida con el gobierno de Bangladesh por habernos brindado refugio. Sin embargo, este nuevo sistema de asistencia alimentaria, donde algunas personas reciben siete dólares y otras diez, está provocando enormes dificultades.

Pensar en la paz que perdimos, en las enfermedades constantes y en la carga imposible de sobrevivir sin ingresos me llena de desesperación.

Nutrición infantil en riesgo

Para un niño o niña en desarrollo, una preparación sencilla de arroz y lentejas (khichuri) acompañada de huevo no es solo una comida tradicional: proporciona proteínas esenciales y micronutrientes fundamentales para el desarrollo cerebral y la recuperación del sistema inmunológico.

Cuando las raciones se reducen a siete dólares, estas fuentes vitales de proteína suelen ser las primeras en desaparecer de la mesa familiar.

“Si podemos comer juntos, lo haremos; si no, tampoco importa. No tienes que irte. Vuelve a casa”

Me llamo Sadeka. Tengo 30 años. Desde hace casi nueve años, Bangladesh se ha convertido en nuestro hogar.

Mi familia es grande: somos nueve personas viviendo en una sola vivienda. Mantener un hogar de este tamaño se ha convertido en una fuente constante de preocupación porque nuestras raciones se redujeron drásticamente.

Actualmente recibimos apenas siete dólares por persona al mes. Antes de abril recibíamos 12 dólares. Ese cambio lo transformó todo.

Sadeka refugiada rohinyá de 30 años que ha vivido en los campos de refugiados de Cox's Bazar durante casi nueve años.
Sadeka refugiada rohinyá de 30 años que ha vivido en los campos de refugiados de Cox’s Bazar durante casi nueve años. © Farah Tanjee/MSF

Cuando recibíamos 12 dólares, podíamos llevar a casa una variedad de alimentos: chile, aceite, cúrcuma, azúcar, lentejas y sal. También podíamos complementar nuestra alimentación con huevos, pescado y verduras.

Desde que la ración bajó a siete dólares, el dinero simplemente no alcanza. Después de adquirir arroz, apenas podemos comprar algunos productos básicos. En ocasiones ni siquiera podemos obtener sal.

Ahora comemos arroz tres veces al día. Una jornada típica consiste en pescado seco con arroz por la mañana, algunas hojas verdes al mediodía y un único guiso con arroz por la noche.

La situación empeora porque las autoridades consideran que los jóvenes de 18 años son aptos para trabajar y, por ello, reducen la asistencia familiar. Sin embargo, a los refugiados no se les permite trabajar formalmente.

Mis hijos mayores no ven futuro en el campo. Constantemente preguntan qué harán con sus vidas si no pueden estudiar ni trabajar.

A finales de abril, uno de mis hijos intentó viajar clandestinamente hacia Malasia, pese a los riesgos. Logramos convencerlo de regresar a casa.

Le dijimos: “No te vayas. La gente está muriendo en el intento. Si podemos comer juntos, lo haremos; si no, tampoco importa. Vuelve a casa”.

Actualmente me encuentro en el hospital porque mi hija de un año presenta problemas respiratorios. Me preocupa profundamente no poder ofrecerle una alimentación adecuada para su crecimiento.

Vivir lejos de nuestro país ya es doloroso. Ver que nuestros hijos no encuentran esperanza para el futuro hace que la situación sea aún más difícil.

“Si no puedo poner una comida adecuada en la mesa, mi madre anciana rompe en llanto”

Mi nombre es Abdul Jolil. Tengo 60 años.

Cuando llegué a Bangladesh desde Myanmar vine acompañado de toda mi familia. Actualmente viven conmigo seis de mis hijos, además de mi esposa y mi madre.

Aunque todavía recibimos 12 dólares por persona, la vida se ha vuelto muy difícil. La ayuda actual no proporciona suficientes verduras, frutas ni variedad alimentaria.

Antes, cuando todas las familias recibían el mismo apoyo, podíamos ayudarnos mutuamente. Ahora, con una asistencia desigual, esa solidaridad comunitaria prácticamente ha desaparecido.

Los ahorros que trajimos de Myanmar se agotaron hace años. Hoy nuestras comidas se limitan principalmente a arroz acompañado de pescado seco o vegetales silvestres que recolectamos cerca del campo.

Abdul Jalil es un refugiado rohinyá de 60 años que vive en los campos de Cox's Bazar en Bangladés. Se ha convertido en el único proveedor de su familia, un papel que ahora está limitado por severos recortes en las raciones de alimentos.
Abdul Jalil es refugiado rohinyá en los campos de Cox’s Bazar en Bangladesh. Se ha convertido en el único proveedor de su familia, un papel que ahora está limitado por severos recortes en las raciones de alimentos.

Mi salud también se ha deteriorado. Fui víctima de violencia en Myanmar y padezco dolores crónicos. Mi esposa tiene diabetes y mi madre también enfrenta problemas de salud.

Las condiciones físicas me impiden trabajar con regularidad. Ocasionalmente consigo empleos temporales con organizaciones humanitarias, pero esos ingresos apenas alcanzan para comprar pescado o medicamentos.

Además, vivo con el temor constante de que mis hijos sean secuestrados si salen a buscar trabajo.

La situación es tan difícil que ni siquiera tengo recursos para organizar el matrimonio de mi hijo mayor.

Cuando no puedo poner una comida adecuada en la mesa, mi madre anciana rompe en llanto. Verla sufrir me causa una profunda angustia.

“Si tu estómago está en paz, el mundo está en paz. Pero si no puedes comer, todo parece un caos”

Mi nombre es Norul Amin. Tengo 66 años.

Antes de huir de Myanmar tenía tierras, ganado y una vida estable. Poseía alrededor de 8.8 acres de terreno, una vivienda y decenas de animales. Sin embargo, en 2017 los ataques nos obligaron a abandonar todo y huir hacia Bangladesh.

Estoy agradecido con Bangladesh por habernos brindado refugio, pero actualmente recibo apenas siete dólares por persona en asistencia alimentaria.

Mi familia está compuesta por seis integrantes. Tengo hijos adultos sin empleo ni ingresos, y además enfrentamos problemas de salud y discapacidad dentro del hogar.

Mi hijo mayor sufre problemas de salud mental. Mi hija de 17 años perdió la capacidad de hablar después del desplazamiento.

Intenté solicitar asistencia adicional debido a estas circunstancias, pero me informaron que la decisión depende de organismos internacionales.

Antes recibíamos entre 14 y 15 dólares por persona. Con ese apoyo podíamos obtener arroz, lentejas, azúcar, sal, especias y otros alimentos básicos. Incluso era posible comprar pescado o pollo ocasionalmente.

Ahora, con siete dólares por persona, apenas podemos conseguir arroz, aceite y cebollas. No alcanza para adquirir sal, ajo, especias o pescado.

Actualmente sobrevivimos comiendo arroz acompañado de agua fermentada de mango, chiles asados y algunas hojas silvestres hervidas.

Ya ni siquiera podemos tomar té con azúcar. Bebemos agua caliente y fingimos que es té.

Las recientes tormentas también dañaron nuestro refugio. El techo tiene filtraciones y no hemos recibido materiales suficientes para repararlo.

Me siento profundamente triste y desesperado. Si pudiera regresar a Myanmar hoy mismo, lo haría. Si algún día las condiciones son seguras, volveremos.

Allí no tendríamos que comprar cada alimento. Podríamos cultivar nuestras propias verduras y vivir de nuestra tierra.

Por las noches me cuesta dormir cuando pienso en Myanmar. Extraño profundamente mi hogar.

* El nombre fue cambiado

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