“El otro día, mientras íbamos en coche, vi un pequeño ataúd rosa. Aquí en Bunia, es frecuente ver ataúdes al borde de la carretera, expuestos uno junto a otro, de todos los colores y tamaños. Grandes, pequeños, sencillos, coloridos. Listos para venderse.
Era tan diminuto que casi parecía un juguete. Pensé que, tarde o temprano, allí dentro yacería un niño. Desde entonces, esa imagen no se me va de la cabeza”…

Martina Marchiò, es enfermera italiana y trabaja en Médicos Sin Fronteras (MSF) desde 2017. Ha participado en proyectos en Mozambique, Etiopía, Sudán del Sur, México, Grecia, Bangladesh, Afganistán y Gaza. La más reciente, de nuevo en la República Democrática de Congo. Desde este año, además, es directora ejecutiva adjunta de MSF Italia. Hoy nos cuenta sobre su experiencia en RDC.
No son números, son personas
Han pasado ya más de tres meses desde que se declaró el brote de Ébola en la República Democrática de Congo (RDC). Hay más de 6,000 casos confirmados y más de 3,000 personas han muerto. Leídas así, estas cifras parecen casi irreales y corren el riesgo de convertirse en mera estadística. Pero detrás de cada número hay un nombre. Un hogar, una madre, un padre, un niño o niña, una familia esperando a alguien que no volverá.
Seguimos lavándonos las manos. Una vez. Dos veces. Diez veces. Incontables veces. Antes de entrar, al salir, después de tocar algo, después de hablar con alguien. Y aun así, incluso cuando nuestras manos están limpias, permanece la sensación de que seguimos manchados.
Manchados por el miedo, por lo que hemos visto, por la certeza de que basta un error, un roce o un instante de distracción para que el virus entre en nuestras vidas.
Dentro del traje amarillo de protección se suda mucho. El calor se vuelve asfixiante, respirar cuesta, y los guantes terminan pegados a las manos como si fueran una segunda piel. Cada gesto tiene que ser preciso; cada movimiento, controlado. Cada vez que entramos en la zona de alto riesgo sabemos que no solo llevamos protección: intentamos protegernos mientras tratamos de salvar a otra persona.
El verdadero significado de la enfermedad por Ébola
Es difícil explicar con palabras lo que significa de verdad la enfermedad por Ébola. Lo que sí sé es que no es solo un virus. Es el terror en la mirada de una persona enferma, la distancia que, de repente, se vuelve necesaria incluso entre una madre y su hijo. Una familia que ya no puede abrazar a sus seres queridos. Es una llamada telefónica hecha sabiendo que quizá sea la última.

Jean Louis tenía 64 años. Era profesor y tenía una familia maravillosa.
Su esposa murió primero; después, el virus lo alcanzó a él y a sus dos hijas. Luego llegaron los días de enfermedad: diarrea, debilidad, el cuerpo apagándose poco a poco y, al final, las hemorragias.
Para entonces, Jean Louis ya sabía que iba a morir. Pidió que le cargaran el teléfono. Quería despedirse de su familia, dejar sus asuntos en orden y decir cosas que probablemente nunca imaginó tener que decir tan pronto.
Después llamó a sus nietas. Ellas también habían dado positivo y estaban en la habitación de al lado. Se despidió de ellas. Murió pocas horas después.
Unos días más tarde, murió también su hija menor. Tenía solo 20 años. Veinte años. A esa edad, la vida debería estar hecha de sueños, amor y planes de futuro.
La enfermedad por Ébola mata aproximadamente a la mitad de las personas que la contraen. Entre las más vulnerables están los jóvenes, las personas mayores y las mujeres embarazadas.
Cuando ves morir a una chica joven, desplomarse en el suelo, toda estadística deja de tener sentido. Ocurrió hace apenas unos días: era joven, demasiado joven. En ese momento ya no existían porcentajes, cifras, gráficos ni comunicados de prensa; solo una vida que se acaba.
La vida no se detiene durante una epidemia
Mientras intentamos contener el virus, la gente sigue viviendo, aunque lo haga con miedo. Sigue desplazándose, trabajando, yendo al mercado, llevando a los niños a la escuela y procurando conseguir comida y agua.
Porque incluso en medio de una epidemia, la vida no se detiene. Y quizá eso sea lo más difícil de entender para quien observa desde lejos.
La RDC no es solo la enfermedad por Ébola. Es un país inmenso, con comunidades que ya han soportado años de violencia, inestabilidad y enormes dificultades. En muchas zonas, la confianza es frágil y el miedo puede transformarse en sospecha con gran rapidez.

La confianza es clave
Convencer a alguien para que vaya a un centro de tratamiento (CTE), que acepte el aislamiento, que se deje atender por una persona cubierta con un traje amarillo y una mascarilla —una figura que apenas parece humana— no es tarea fácil.
Por eso la respuesta a una epidemia no puede ser puramente médica. Necesitamos personas, recursos, voluntad de escuchar y confianza. Necesitamos equipos capaces de entrar en las comunidades y permanecer al lado de las personas Necesitamos instalaciones, suministros, formación, apoyo psicológico, prevención y comunicación.
En Médicos Sin Fronteras estamos aquí precisamente para eso: para tratar, proteger, formar, apoyar y ayudar a contener esta epidemia.
Pero ninguna organización puede hacerlo sola.
Todo el mundo debería estar hablando de la República Democrática de Congo.
Todo el mundo debería estar hablando de este brote de Ébola. No para alimentar el pánico, sino para generar conciencia. No para convertir el sufrimiento en imágenes de consumo rápido, sino para despertar empatía y solidaridad con quienes están atravesando este brote.
Necesitamos fondos y recursos para seguir atendiendo a los enfermos, proteger al personal de la salud, prevenir nuevos contagios y llegar a las comunidades más remotas.
No dejemos que se conviertan en simples cifras
Esos más de 6,000 casos confirmados son mucho más que 6,000 historias individuales. Esas más de 3,000 muertes son mucho más que una cifra: son personas cuya ausencia duele; personas que amaron, trabajaron, sintieron miedo y alegría, hicieron planes, criaron a sus hijos e imaginaron el futuro.
No dejemos que se conviertan en simples cifras.

Yo sigo lavándome las manos, poniéndome los guantes y sudando dentro de ese traje amarillo de protección. Y sigo sintiendo que, por mucho que me proteja, nunca estoy completamente a salvo.
Y sigo pensando en ese pequeño ataúd rosa al borde de la carretera.
Me pregunto cuántos más veremos.
Cuántos niños.
Cuántas madres.
Cuántos padres.
Cuántos Jean Louis.
Cuántas chicas demasiado jóvenes.
Más de 3 meses del brote de Ébola ya es demasiado tiempo. Y esta epidemia no puede seguir siendo solo un problema de quienes estamos aquí.
Hace falta una respuesta colectiva internacional. Todos somos necesarios. Ahora.
Te puede interesar: 100 días de Ébola en RDC, urge una respuesta más rápida
