- A cien días de los terremotos, las necesidades han cambiado: el impacto emocional, la incertidumbre y el desplazamiento se han convertido en desafíos centrales para las comunidades.
- MSF respondimos desde las primeras horas a las necesidades médicas urgentes tras los terremotos.
- Durante los primeros cinco días, los equipos distribuyeron 8,5 toneladas de suministros médicos y de emergencia.
Desde las primeras horas tras el desastre, los equipos de MSF respondieron a las necesidades médicas urgentes, apoyando a los hospitales que recibían un elevado número de personas heridas y distribuyendo 8,5 toneladas de suministros médicos y de emergencia durante los primeros cinco días de la respuesta. Sin embargo, cien días después, las necesidades más apremiantes ya no son únicamente las derivadas de las lesiones físicas causadas por los terremotos.
“Yo estaba en un edificio que colapsó. Quedé bajo los escombros y pensaron que estaba muerta cuando me sacaron. Solo recuerdo que estaba corriendo y caímos fuerte, en el abismo” relata Elvira, de 76 años, sentada en el consultorio donde recibe atención psicológica con Médicos Sin Fronteras (MSF). “Aquí llegué con mucha crisis. No es fácil lo que yo viví. Todo me asustaba, lloraba mucho, no dormía. La psicóloga me sacó los nervios. Quiero salir de lo que estoy pasando. Quiero volver a ser la que era”.

Cien días después del doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio, la naturaleza de la emergencia ha cambiado de manera significativa. Lo que comenzó como una respuesta centrada en salvar vidas y atender traumatismos físicos se ha transformado en una crisis marcada por las consecuencias prolongadas de la incertidumbre, el desplazamiento y el impacto emocional acumulado sobre las personas y las comunidades.
El peso físico del estrés prolongado
En las comunidades afectadas de La Guaira y Caracas, muchas personas continúan viviendo con el temor constante de nuevos movimientos sísmicos, la incertidumbre sobre el acceso a una vivienda segura y la dificultad para recuperar sus rutinas y medios de vida.
Esta situación sostenida en el tiempo ha transformado el impacto emocional inicial en cuadros persistentes de ansiedad, alteraciones del sueño, síntomas físicos relacionados con el estrés, sentimientos de desesperanza y un agotamiento generalizado que afecta tanto a individuos como a comunidades enteras.
“Lo que observamos hoy no es únicamente el efecto de un evento traumático aislado, sino el impacto acumulado de vivir durante meses en condiciones de incertidumbre. Muchas personas llegan a consulta con dolores musculares, cefaleas recurrentes, problemas gastrointestinales o insomnio, síntomas que con frecuencia reflejan un importante sufrimiento emocional y psicológico”, señala Milagritos Valderrama, coordinadora médica de MSF para la respuesta a la emergencia.

En estos cien días, MSF hemos brindado más de 7,000 consultas médicas. Entre las dolencias más frecuentes que atienden los equipos se encuentran los dolores musculares y de huesos —que representan el 21,7 % de las consultas—, seguidos de las infecciones respiratorias con un 21,4 % y las afecciones de piel con un 12,4 %.
Asimismo, el personal médico ha dado seguimiento a más de 880 casos de enfermedades crónicas —como hipertensión arterial, diabetes, asma y epilepsia—, padecimientos que suelen empeorar debido al estrés y las duras condiciones del desplazamiento.
“Esto me ha desmoralizado. Fue un desastre natural, pero ha acabado con todo, mi corazón, mente y alma. Sufro del corazón y de la tensión, y no duermo”, explica Ashley Mayora, de 43 años, sentada dentro de su carpa en Mare Abajo, un complejo de viviendas que colapsó parcialmente tras el doble terremoto. “Yo vivía con mi hija y mi nieto recién nacido en mi casa, ellos son mi vida. Cuando esto pasó yo estaba en una carpa en la que solo yo cabía, tuvimos que separarnos. Sentí que me moría de la tristeza por no estar con mi nieto. El 29 de julio tuve un preinfarto. Yo estoy viva solo por ellos”.
El desgaste de la primera línea
“Mi esperanza era encontrar vida y lo que encontré fueron cuerpos”, comparte Israel Lanza, de 36 años, rescatista de Protección Civil. “Lo que más me marcó fue que encontramos el cuerpo de un canino, y lo tenían abrazado una señora y su hijo. Sus brazos estaban alrededor de él, y todos fallecieron. Hasta la persona más valiente llora ante esto. Llegó un momento en que mi propio nombre se me olvidaba. No reconocía cuando me llamaban. Estuve 15 días continuos sin pisar mi casa”.

Quienes han estado en primera línea de la respuesta también enfrentan sus propias consecuencias emocionales. Personal de salud, equipos de protección civil, rescatistas y voluntarios han sostenido una intensa carga de trabajo mientras acompañan el sufrimiento de sus propias comunidades. La fatiga extrema, el estrés traumático secundario y los procesos de duelo acumulado son cada vez más evidentes entre los trabajadores esenciales, cuya salud mental resulta fundamental para mantener la capacidad de respuesta y recuperación de las zonas afectadas.
“El día 6 recuerdo que me sentía agotado completamente. Tuve que parar. Pensaba en renunciar, solo me decía a mí mismo que ya no podía más. Parte de mi familia vive aquí en La Guaira, y pasé 12 días sin saber nada de ellos” relata Elvis Díaz, 28 años, rescatista de Protección Civil. “Cuando me bañaba lloraba. Todo se me acumuló. Ya no sabía ni qué cargaba. Lo hacía en privado para que nadie me viera, para no incomodar a mis compañeros, porque todos estamos pasando por lo mismo”.
Una respuesta multidisciplinaria en terreno
Para responder a estas necesidades, los equipos multidisciplinarios de MSF continúan brindando atención médica a través de seis clínicas móviles en Caracas y La Guaira, integrando el apoyo en salud mental y psicosocial dentro de los servicios de atención primaria. A esta red se suman cuatro puntos adicionales de atención exclusiva en salud mental. Esta integración permite abordar de manera simultánea las necesidades físicas y emocionales de las personas afectadas, reconociendo que ambas dimensiones están estrechamente relacionadas y son esenciales para una recuperación integral.

A lo largo de estos cien días, los equipos de salud mental de MSF han acompañado a 8,147 personas en las comunidades afectadas en La Guaira y Caracas, brindan espacios grupales de psicoeducación, consultas individuales y sesiones de primeros auxilios psicológicos. Asimismo, los equipos de promoción a la salud de MSF han llegado a más de 16,792 personas a través de sesiones educativas y trabajo comunitario directo.
Para prevenir brotes epidemiológicos en los asentamientos temporales, los equipos de agua, saneamiento e higiene han distribuido cerca de 860,000 litros de agua potable, y desplegado infraestructura crítica, instalando 5 sistemas de potabilización y 127 filtros. A su vez, han suministrado cloro e insumos para potabilizar más de 80,5 millones de litros de agua adicionales.
Reconstruir la estabilidad
A medida que la respuesta avanza hacia la recuperación, las necesidades de salud mental suelen hacerse más evidentes con el paso del tiempo. En los refugios y comunidades, el dolor de la pérdida convive con la organización y el apoyo mutuo.
Rosmari Colmenares, vocera de su comunidad en Playa Grande, La Guaira, cuya vivienda quedó gravemente afectada y debió ser demolida, describe el peso de la ausencia y la incertidumbre:
“Lo más desgastante es que hasta el sol de hoy no sabemos nada de mi hermano. El edificio donde vivía se cayó; su esposa pudo ser rescatada, pero a él y a su hijo que tiene síndrome de Down no los encuentran. El cuerpo de mi sobrina sí lo encontraron”, relata.

“Yo vi cómo demolieron mi casa; mi hijo me abrazó y lloramos. Tantos años de constancia para construirla, arreglarla… En segundos se destruye esa parte de ti y de tu familia. No es fácil seguir la vida, perdiste tu lugar, perdiste tu familia. Mientras no tenga a mi hermano, nunca voy a estar bien”.
A pesar de la crudeza del duelo, en el día a día de los alojamientos temporales la solidaridad se convierte en un ancla. “Mientras estoy en el refugio, trato de mantenerme útil ayudando a las mujeres lactantes y a las embarazadas”, cuenta Rosmari.
Esta alteración profunda del entorno también se refleja en la cotidianidad urbana. “A veces estoy en la calle y me pierdo. No reconozco porque se cayeron tantos edificios, negocios. Me cuesta ubicarme donde estoy. La farmacia ya no existe, el banco tampoco existe”, comparte Elvira.
Sin embargo, a través del acompañamiento psicológico sostenido, el proceso de sanación avanza.
“Ya volvió mi fortaleza. Hace unas semanas, le dije a la doctora: ‘Quiero ir a trabajar’. Después de que pensaba que nunca podría”.
Garantizar el acceso continuo a servicios de salud mental, fortalecer la atención primaria de salud y promover condiciones de vida dignas para las personas desplazadas son elementos esenciales para prevenir consecuencias a largo plazo en la salud y el bienestar de la población.

Cien días después, el principal desafío ya no es únicamente responder a la emergencia, sino acompañar a las personas y comunidades en su proceso de recuperación. Porque reconstruir después de un desastre implica mucho más que reparar edificios: significa también restaurar la sensación de seguridad, estabilidad y esperanza en el futuro.
