Los niños rohingya llegan más enfermos, más tarde y más graves a nuestro hospital en Kutupalong

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25 de agosto de 2026

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éxodo rohingya
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En los extensos y hacinados campos para personas refugiadas de Cox’s Bazar, Bangladesh, una crisis alejada de los titulares está afectando gravemente a la generación más joven de refugiados rohingyas. Los niños y niñas llegan a los centros médicos más tarde, en peor estado de salud y con necesidades complejas y concurrentes de atención física y psicológica.

Nueve años después de huir de la violencia extrema en Myanmar, los niños y niñas representan más de la mitad de los 1,3 millones de personas refugiadas que viven en condiciones de confinamiento indefinido. En estos campamentos, donde el financiamiento internacional es volátil y se reduce, las familias luchan por conseguir alimentos básicos, atención médica y educación, lo que pone en riesgo constante la sobrevivencia diaria de los pequeños.

Más allá de las penurias físicas, los niños, niñas y sus familias soportan la pesada carga psicológica de una vida en el limbo, atrapadas por dinámicas políticas que no logran ofrecer soluciones significativas ni garantizar seguridad y dignidad a largo plazo. En el hospital en Kutupalong —el centro más grande de Médicos Sin Fronteras (MSF) y el principal punto de referencia para los habitantes de los campamentos—, nuestros equipos médicos son testigos del impacto, a menudo ignorado, de esta crisis. Lo que antes era un hospital donde se trataban enfermedades estacionales comunes se ha convertido en un centro de urgencias que atiende a niños y niñas que llegan en estado crítico.

En el hospital de MSF en Kutupalong, un equipo médico encabezado por la doctora Dolores Echezarreta brinda atención de urgencia a Aiyan Arfan, un bebé de 10 días de nacido. El equipo trabaja conjuntamente para estabilizar el estado de salud del lactante. © Nazmul Islam/MSF
En el hospital de MSF en Kutupalong, un equipo médico encabezado por la doctora Dolores Echezarreta brinda atención de urgencia a Aiyan Arfan, un bebé de 10 días de nacido. El equipo trabaja conjuntamente para estabilizar el estado de salud del lactante. © Nazmul Islam/MSF

A medida que los puestos de atención primaria reducen sus servicios debido a los drásticos recortes en el financiamiento internacional, los centros de atención secundaria —como el Hospital de Kutupalong— se ven obligados a atender necesidades críticas que superan con creces su capacidad original. Hoy, la confluencia de enfermedades físicas graves, desnutrición crónica y crisis agudas de salud mental está agravando el estado de salud de las infancias y dificultando enormemente el hecho de salvar sus vidas.

Niños con múltiples admisiones a pediatría

En la sala de pediatría del hospital de Kutupalong, Yasmida, de 25 años, está sentada junto a una cama de hospital sosteniendo a Halima Sadia, su hija de un año y medio. El pequeño cuerpo de Halima es frágil, debilitado por una desnutrición grave, fiebre e infecciones persistentes que la han dejado sin fuerzas para sentarse o mantenerse en pie por sí misma.

Yasmida huyó de Myanmar en 2017 y sobrevivió a una peligrosa travesía de 15 días a través de montañas y ríos para llegar a Bangladesh. Hoy, mientras vive en el campamento con una familia de siete integrantes, su realidad diaria está marcada por los incesantes ciclos de enfermedad de su hija, que a veces derivan en múltiples ingresos hospitalarios en un solo mes.

“Mi bebé llevaba varios días enferma. Desde que nació, hemos visitado varios hospitales e instalaciones médicas en los campos, unas 10 o 12 veces. Ha sido hospitalizada en el hospital de MSF cuatro veces”, explica Yasmida.

La experiencia de Yasmida al tener que lidiar con emergencias médicas en plena noche refleja las graves barreras de seguridad y los obstáculos logísticos que enfrentan las familias en los campamentos.

“Salir de noche por el campamento es aterrador porque está muy oscuro y siento miedo. Una vez, a las 2:00 de la madrugada, mi hija se puso muy enferma. Cuando mi esposo y yo nos dirigíamos al hospital con nuestra bebé enferma, tras caminar una corta distancia, nos encontramos con un grupo de hombres. Golpearon a mi esposo y le robaron todo lo que llevaba. Aterrorizados, regresamos a casa en esas condiciones con nuestra hija y solo pudimos llevarla al médico a la mañana siguiente. Debido a estas situaciones, si la niña enferma por la noche no podemos salir, y su salud empeora aún más al no recibir tratamiento a tiempo”.

Mina Bala está sentada con su hija de dos meses, Misti Foti, en el hospital de MSF en Kutupalong. Bangladesh.
Mina Bala está sentada con su hija de dos meses, Misti Foti, en el hospital de MSF en Kutupalong. La bebé fue ingresada hace cuatro días con dificultad respiratoria grave y ahora se recupera favorablemente bajo el cuidado del equipo médico. Bangladesh © Nazmul Islam/MSF

Esta demora en buscar atención médica se repite en todos los campamentos. El Dr. Nadim Shahariyar, subdirector del Hospital de Kutupalong, señala que la historia de Yasmida y Halima forma parte de una tendencia más amplia. “En los últimos años, hemos observado cambios significativos en los ingresos pediátricos de nuestro hospital. Algo que sabemos con certeza es que los pacientes llegan en estado más crítico y con múltiples enfermedades simultáneas”, afirma el Dr. Nadim.

“Anteriormente, los pacientes solían llegar con una sola enfermedad y se recuperaban. Sin embargo, últimamente los niños llegan al hospital en una etapa más avanzada de sus dolencias, a menudo con múltiples enfermedades y complicaciones. Esto hace que su manejo clínico sea mucho más complejo”, concluye.

El Dr. Nadim destaca cómo los drásticos recortes en la ayuda humanitaria han obligado a las familias a tomar decisiones cotidianas desesperadas que retrasan directamente la atención médica:

“En los campamentos, hemos observado una reducción significativa de la financiación. Como consecuencia, las familias tienen dificultades para cubrir sus necesidades diarias básicas. Cuando los padres y madres se ven obligadas a priorizar la sobrevivencia inmediata —como conseguir alimentos o garantizar la seguridad—, posponen la búsqueda de atención hospitalaria para sus hijos e hijas enfermas hasta que la situación se convierte en una emergencia que pone en peligro la vida, lo que provoca una afluencia de casos mucho más graves. La recuperación de un niño resulta especialmente difícil cuando su sistema inmunológico está debilitado, ya sea por desnutrición o por otras enfermedades. El proceso de recuperación puede ser sumamente complejo y, a pesar del tratamiento, los resultados no siempre son favorables. La desnutrición actúa como un factor de agravamiento invisible, transformando infecciones infantiles tratables en emergencias que amenazan la vida”.

Un punto de inflexión para el bienestar de los adolescentes

Más allá de las enfermedades físicas, una emergencia de salud mental está causando estragos devastadores entre los jóvenes. El estrés crónico, la pobreza extrema, la falta de oportunidades educativas y la exposición a conflictos familiares están provocando un fuerte aumento del sufrimiento emocional en los adolescentes.

Los niños llegan más enfermos, más tarde y más difíciles de salvar a los campamentos rohinyas.
El Dr. Md. Nadim Shahariyar, subdirector del hospital de MSF en Kutupalong, visita el servicio de pediatría y supervisa el estado de Aiyan Arfan (de 10 días de vida), quien se encuentra en estado crítico. Bangladesh, 2026. © Nazmul Islam/MSF

Beauty, de trece años, y Jasmine, de catorce, llegaron a un punto límite mientras vivían en refugios hacinados, derivando en intentos de suicidio antes de recibir atención psiquiátrica y asesoramiento en Shantikhana —un espacio seguro y dedicado a la salud mental—, ubicado en dichas instalaciones y gestionado por MSF.

“Con las raciones que recibimos, de alguna manera nos las arreglamos comiendo solo arroz y lentejas. No podemos comer nada más. Impulsada por tanto sufrimiento y privaciones, tomé esa decisión”, recuerda Beauty, quien intentó suicidarse tras sufrir una grave escasez de alimentos y conflictos familiares. “Después de aquel incidente, llegué a Shantikhana. Una consejera me explicó la situación y me brindó apoyo. Ahora comprendo que morir no es una solución”.

“La vida en el campamento es difícil para las personas de nuestra edad”, explica Jasmine, comentando cómo las dificultades estructurales agravan la tensión en el hogar. “Las condiciones de vida aquí no son buenas. Muchas personas están hacinadas en refugios pequeños y las familias apenas tienen ingresos, lo que genera mucha angustia. En general, la vida aquí es apenas soportable. Ojalá el ambiente en el campamento fuera mejor; tal vez así nos sentiríamos mejor”.

Las dolorosas experiencias de Beauty y Jasmine reflejan las marcadas tendencias de ingresos registradas en el hospital de Kutupalong. Los datos del centro correspondientes al periodo 2023-2025 revelan que los menores de 18 años representaron el 27 % (160 de 586) de todos los intentos de suicidio registrados; es decir, uno de cada cuatro intentos fue protagonizado por un menor. En ese mismo periodo, el 81 % de estos intentos de suicidio pediátricos se atribuyó directamente a la violencia familiar, agravada por el grave hacinamiento y el estrés diario constante. Esta crisis crece rápidamente: la proporción de menores de 15 años que buscaron apoyo de salud mental de MSF aumentó del 9,7 % (131 casos) en 2021 al 29,4 % (232 casos) en 2025.

Shariful Islam, responsable de las actividades de salud mental de MSF, subraya que estos actos son claros gritos de auxilio en un entorno insostenible. “Observamos que tanto el número de pacientes con problemas de salud mental como la gravedad de sus cuadros clínicos han aumentado considerablemente en comparación con la situación hace cinco años. Nuestro equipo también constata que los intentos de suicidio responden a una compleja interacción de factores, más que a una causa única y aislada. Las causas fundamentales radican en una asistencia humanitaria insuficiente, la falta de libertad de movimiento y una pérdida generalizada de esperanza tras casi nueve años de desplazamiento”.

Los niños llegan más enfermos, más tarde y más difíciles de salvar a los campamentos rohinyas.
En el departamento de salud mental de MSF en el hospital de Kutupalong, el equipo de MSF facilita una sesión de apoyo psicosocial. Fomenta un ambiente distendido que les ayuda a generar confianza, escuchar las experiencias de los pacientes y comprender mejor sus necesidades psicosociales. Bangladesh, 2926 © Nazmul Islam/MSF

Más allá de la respuesta a una emergencia, un llamado urgente a soluciones sistémicas

Los hallazgos del Hospital de Kutupalong demuestran que las enfermedades pediátricas y el creciente malestar en la salud mental infantil no son problemas médicos aislados, sino indicadores de una emergencia más amplia en materia de protección y salud pública. La reducción de fondos en los campamentos ha paralizado la atención médica primaria, comprometido los programas de nutrición y deteriorado las condiciones básicas de vida, obligando a centros de segundo nivel, como el Hospital de Kutupalong, a atender necesidades críticas que superan con creces su capacidad y diseño originales.

Un niño con desnutrición y neumonía, un joven en crisis psicológica aguda o un paciente cuya enfermedad crónica ya no está controlada pueden parecer emergencias médicas aisladas. Sin embargo, en conjunto, revelan las devastadoras consecuencias médicas de un sistema que se contrae progresivamente en torno a una población confinada.

Una intervención médica de emergencia no puede sustituir a la responsabilidad política; los actores humanitarios y médicos, junto con las partes interesadas internacionales, deben mantener una respuesta humanitaria adecuada, garantizando el refuerzo de la alimentación básica, la atención médica y la protección mientras se busca una solución política duradera.

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