Una historia sobre la memoria, la atención a la salud mental y el apoyo terapéutico.
Para muchas personas migrantes, refugiadas y desplazadas que han sufrido tortura, violencia sexual, secuestros u otras formas de violencia extrema, las secuelas continúan mucho tiempo después de haber escapado.
“Soy una mujer fuerte, luchadora. Nadie me ha podido quitar la dignidad”. Cuando habla de sí misma hoy, Tamara* es una mujer hondureña que ya no se define por la violencia que vivió. Sin embargo, durante mucho tiempo fue difícil imaginar que volvería a sentirse así.
Había huido de su país buscando seguridad. En su lugar de origen, las pandillas intentaron forzarla a trabajar con ellas, lo que desencadenó una persecución que la forzó a dejar atrás todo lo que conocía. Emprendió el viaje hacia México buscando protección, sin imaginar los peligros de la ruta ni lo que significaba migrar. Sin embargo, la violencia la alcanzó en el país de destino. Fue víctima de una agresión brutal en la que sufrió golpes en todo el cuerpo, heridas y violencia sexual. Para sobrevivir y lograr que el ataque se detuviera, su instinto la llevó al límite: tuvo que fingir estar muerta durante quince minutos.
“Se supone que si uno viene buscando protección a otro país, es para que lo protejan, no para que abusen”, reflexiona. Después de ese episodio, el aislamiento se convirtió en su único escudo. Caminaba por los cerros -dentro de México- para evitar encontrarse con cualquier agente y sentía pánico de cualquier contacto personal. “Yo no podía hablar con nadie, no aceptaba que nadie se me acercara”, recuerda. “Cuando yo caminaba, sentía que era una zombi”.

Su cuerpo estaba en México. Su mente seguía tratando de sobrevivir.
La experiencia de esta paciente refleja una realidad que los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) observan todos los días en las consultas desde caravanas, clínicas móviles y consultorios: escapar del peligro es apenas el inicio de un camino mucho más largo hacia la recuperación.
El cuerpo conserva la memoria
Existe una idea común de que el trauma es simplemente un recuerdo doloroso. La realidad clínica es mucho más compleja.
Según Gladys Vásquez, gestora de salud mental de MSF, ante una situación extrema, el organismo activa mecanismos de supervivencia para protegerse del dolor y del terror. Durante una agresión, algunas personas experimentan una desconexión temporal entre lo que ocurre y lo que sienten. Es una respuesta automática y necesaria del cuerpo para soportar una experiencia abrumadora.
El problema es que, una vez que la amenaza termina, el organismo no siempre logra recuperar la sensación de seguridad. “El cuerpo ya no entiende cuándo ha pasado el riesgo”, advierte Vásquez. Como consecuencia, el sistema nervioso queda alterado y reacciona ante determinados estímulos como si el peligro siguiera presente. Un sonido, una voz, un olor o una situación cotidiana pueden desencadenar terror súbito.
“El cuerpo tiene memoria”, agrega Dora Morales, psicóloga clínica de Médicos Sin Fronteras. “Una persona puede hablarnos de un trauma que ocurrió hace más de diez años y aún hoy puede seguir sintiéndolo físicamente como si lo estuviera viviendo”.
El trauma se manifiesta a través de insomnio, pesadillas, tensión muscular, hipervigilancia o un agotamiento permanente. Estas secuelas representan una afectación de salud que puede persistir durante años después de que la violencia ha terminado y limitar seriamente la capacidad de una persona para desarrollar su vida cotidiana. Reconocerlas y garantizar el acceso a atención especializada es esencial para prevenir que el sufrimiento se prolongue y para favorecer la recuperación de quienes han sobrevivido a experiencias extremas.
Para muchas personas sobrevivientes, una de las secuelas más profundas es la fractura de los vínculos humanos. “Lo más importante que genera la violencia es la desconfianza en el otro”, explica Vásquez. Cuando el daño ha sido provocado deliberadamente por otros seres humanos, volver a sentirse seguro acompañado se convierte en un desafío inmenso.
Tamara recuerda esa etapa con claridad. El aislamiento y el estado de alerta permanente condicionaban cada decisión de su día. Como ella, muchas personas llegan a sentir culpa por lo ocurrido o una profunda vergüenza por sus reacciones emocionales. Otras temen estar perdiendo el control al no entender por qué el miedo persiste cuando el peligro real ya no está.
Comprender, desde el acompañamiento clínico, que estas respuestas son reacciones naturales de un cuerpo lastimado es un paso vital en el proceso terapéutico.

Un espacio para sanar
Frente a estas consecuencias, la atención especializada marca la diferencia. Como Tamara, Médicos Sin Fronteras ha acompañado a 1,205 pacientes desde 2016, cuando comenzó a funcionar el Centro de Atención Integral (CAI) en la Ciudad de México. La existencia del CAI responde a una brecha importante en el acceso a atención especializada para sobrevivientes de tortura, violencia extrema y otras experiencias traumáticas complejas. A través de un modelo multidisciplinario que integra salud mental, atención médica, trabajo social y terapia ocupacional, la organización acompaña a las personas en su proceso de recuperación y reconstrucción de sus proyectos de vida.
En una década de funcionamiento, el CAI ha atendido a 1,205 pacientes y brindado más de 23,200 consultas especializadas. Las necesidades no disminuyen: tan solo entre enero y julio de 2026, el equipo identificó 71 nuevos casos de sobrevivientes de tortura y malos tratos, realizando más de 2,000 consultas. Entre 2017 y 2026, MSF ha sido testigo de cientos de experiencias dolorosas. Durante este periodo, por ejemplo, atendió a 156 personas por tortura, a 137 por secuestro y 241 por violencia sexual.
A diferencia de una clínica móvil o de una intervención puntual, el CAI trabaja mediante procesos de acompañamiento especializados y de largo plazo. Cada paciente recibe múltiples consultas adaptadas a sus necesidades médicas, psicológicas y sociales. Se trata de un seguimiento que puede extenderse durante varios meses. El objetivo no es únicamente atender sintomatología aguda, sino acompañar a las personas en un proceso sostenido de recuperación, reconstrucción de la autonomía y restablecimiento de su proyecto de vida tras experiencias de tortura o violencia extrema.
El modelo parte de una premisa: el trauma no afecta únicamente la mente, impacta el cuerpo, destruye las relaciones y paraliza el desarrollo personal.
Durante años se pensó que la recuperación comenzaba hablando. Sin embargo, la práctica clínica ha venido cambiando y hoy demuestra que exigirle a alguien verbalizar el horror cuando su cuerpo sigue en alerta puede no ser del todo eficaz. El proceso empieza antes.
Antes de los recuerdos, es necesario que la persona recupere una sensación básica de seguridad. El trabajo del CAI incluye técnicas de regulación emocional para que el sistema nervioso comprenda que la amenaza cesó. “Cuando la persona conecta con lo que ve, escucha y siente en el aquí y ahora, puede reconocer que hoy está segura”, explica Morales.

Más allá de sobrevivir
La recuperación no se piensa en el CAI únicamente por la desaparición de síntomas como el insomnio o la ansiedad. Se observa también en la capacidad de volver a imaginar. “Interpretamos que un paciente tiene una mejoría cuando recupera su funcionalidad”, explica Morales. “Es decir, cuando vuelve a hacer un plan de vida, encuentra un trabajo y puede empezar a proyectar su futuro”.
El trauma y la violencia no tienen por qué definir a una persona ni determinar su futuro. Aunque no siempre podemos cambiar lo que nos ocurrió, sí podemos transformar la forma en que entendemos esa experiencia. Pasar de pensar: me han pasado cosas malas y no quiero seguir adelante a reconocer: me han pasado cosas malas, pero merezco una vida digna y un futuro mejor puede ser un paso fundamental en el proceso de recuperación. Lo vivido no es una condena ni un destino: es una experiencia que podemos superar y que no define nuestro valor ni nuestras posibilidades.
Tamara, la paciente que durante meses no pudo confiar en nadie, hoy habla de sí misma desde un lugar distinto. Ya no se define por lo que vivió, sino por las herramientas que construyó para salir adelante. Después de todo lo ocurrido, lo dice en voz alta y con orgullo:
“Nadie me ha podido quitar la dignidad”.
Puedes ver la animación en nuestro canal de YouTube
*Nombre cambiado por decisión de la paciente.
