Por qué no pudimos detener el cólera en Sudán, una enfermedad antigua en tiempos modernos

© Rehab Adam Adam Abaker/MSF

Localidades

Fecha de publicación

25 de septiembre de 2026

Tiempo de lectura

Calculando tiempo de lectura…

Cólera en Sudán
© Rehab Adam Adam Abaker/MSF

El cólera existe desde hace siglos. Sabemos cómo prevenirlo y tratarlo. Sin embargo, entre 2024 y 2025, Sudán sufrió el brote de cólera más mortífero registrado en su historia moderna.

Por la Dra. Micaela Serafini, directora de Médicos Sin Fronteras en Suiza

La enfermedad llegó a los 18 estados por primera vez, con más de 124,000 casos y 3,500 muertes, según datos de la Organización Mundial de la Salud.

He dedicado gran parte de mi carrera médica a trabajar en emergencias. Lo que me atormenta de este brote no es simplemente que haya ocurrido, sino que tantos casos y muertes podrían haberse evitado.

Dra. Micaela Serafini, directora de Médicos Sin Fronteras en Suiza © MSF

Sudán se ha enfrentado aproximadamente a 16 brotes de cólera desde la década de 60’s, incluyendo las grandes olas en 2006, entre 2016 y 2018, y en 2019. Las lluvias estacionales y la infraestructura precaria agravaron dichos brotes.

En los últimos dos años, la guerra alteró este patrón. Desde que estallaron los combates entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido en abril de 2023, nuestros equipos han observado cómo el cólera sigue las rutas del conflicto y se propaga debido a las malas condiciones de vida en los asentamientos de personas desplazadas. Los casos se dispararon en Puerto Sudán, Al Qadarif, Jartum y Kosti durante la estación seca, meses antes de las lluvias que suelen acelerar la transmisión.

En febrero de 2025, un ataque impactó contra la central eléctrica que abastecía a Kosti, en el estado del Nilo Blanco. La planta de tratamiento de agua de la ciudad dejó de funcionar, por lo que las familias no tuvieron más remedio que recoger agua del río o comprarla a vendedores que la transportaban en carros tirados por burros. Pocos días después del ataque, cientos de personas gravemente enfermas llegaron al Hospital Universitario de Kosti con síntomas de diarrea acuosa. Para el 5 de marzo —menos de un mes después—, se habían registrado más de 3,000 pacientes con cólera y más de 100 habían fallecido.

Personal médico de MSF frente a una de las tiendas de la unidad de tratamiento de cólera en Abyei.
Personal médico de MSF frente a una de las tiendas de la unidad de tratamiento de cólera en Abyei. © MSF

Esta misma cadena de acontecimientos se repitió en otros lugares. En Jartum, los ataques a centrales eléctricas en mayo interrumpieron el suministro eléctrico de las bombas que distribuían agua potable. Los apagones también afectaron al tratamiento del agua y a las instalaciones de salud. El suministro de cloro y otros productos esenciales sufrió retrasos o escasez. La falta de fondos obligó a suspender los servicios de suministro de agua mediante camiones cisterna, dejando a las familias ante la disyuntiva de elegir entre agua no segura o agua que no podían permitirse pagar.

Dos años después, podemos hablar de lo que hemos aprendido. Estos repuntes siguieron los ritmos de la guerra más que los de las estaciones o el clima. La mayor carga recayó sobre las personas con menos protección: familias desplazadas dentro de Sudán que a menudo vivían en campamentos hacinados o asentamientos informales sin acceso a agua potable, saneamiento o atención médica cerca de sus hogares. En algunos lugares, los brotes surgieron pocos días después de la llegada de nuevas personas desplazadas.

El cólera no se propagó en el vacío. El conflicto creó y agravó las condiciones que permitieron su desarrollo: sistemas de agua y electricidad dañados, desplazamientos masivos, bloqueo del acceso humanitario y una respuesta carente de recursos. Es una enfermedad prevenible. El hecho de no haber logrado prevenirla en repetidas ocasiones refleja decisiones políticas de no proteger a la población civil, de atacar o tolerar daños en infraestructuras civiles, de bloquear la ayuda urgente y de recortar los fondos necesarios para una preparación adecuada.

Médicos Sin Fronteras (MSF) no estuvo sola en aquella respuesta. Las organizaciones humanitarias trabajaron bajo limitaciones extraordinarias. Allí donde los equipos internacionales no podían llegar, las Salas de Respuesta a Emergencias de Sudán —gestionadas por voluntarios— a menudo actuaban en primer lugar. Organizaban puntos de abastecimiento de agua, alertaban a las autoridades sanitarias sobre nuevos casos y mantenían a las personas con vida hasta que llegaban respuestas de mayor envergadura. Gran parte de la respuesta fue llevada a cabo por los propios trabajadores de salud sudaneses y por las comunidades.

Pacientes con cólera dentro del CTC apoyado por MSF en el Hospital Al Nahda, Nyala, Darfur del Sur, Sudán.
Pacientes con cólera dentro del CTC apoyado por MSF en el Hospital Al Nahda, Nyala, Darfur Sur, Sudán. © Rehab Adam Adam Abaker/MSF

Este brote, el de mayor magnitud, se logró contener en marzo de 2026, pero el peligro persiste. En junio se declaró un nuevo brote en Kordofán Occidental, tras la aparición de casos de diarrea acuosa aguda en mayo, antes de que la temporada de lluvias se hubiera establecido plenamente. También surgieron casos en Kordofán Septentrional, aunque las cifras han ido disminuyendo. Una vez más, el conflicto, la falta de datos de vigilancia claros y el acceso insuficiente al agua segura crearon las condiciones propicias para la aparición de la enfermedad.

¿Qué hemos aprendido? Los equipos de respuesta sudaneses, las autoridades sanitarias y las organizaciones humanitarias han trabajado para prepararse, en cierta medida, ante futuros brotes. Lo que aún falta es rapidez: los retrasos se pagan con vidas. Ahora deben ocurrir dos cosas simultáneamente.

La primera es la urgencia: debemos actuar a la velocidad que exige este brote. Mi mensaje para la comunidad de donantes, para el Ministerio Federal de Salud de Sudán y para otros actores humanitarios es sencillo: la rapidez en la intervención es tan importante como la inversión misma. Es necesario reforzar la vigilancia para detectar los casos a tiempo. La respuesta no puede permanecer centralizada; necesitamos formas de trabajo descentralizadas que refuercen la vigilancia sobre el terreno y se anticipen a la transmisión. Esto implica invertir urgentemente en preparación, lo que incluye planes de vacunación y servicios de agua y saneamiento. Cuando es posible salvar una vida frente a una enfermedad tan prevenible como el cólera, debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance.

El segundo aspecto es la rendición de cuentas. Las partes en conflicto, así como quienes tienen influencia sobre ellas, deben respetar sus obligaciones en virtud del derecho internacional humanitario y los Convenios de Ginebra de proteger la infraestructura civil —como los sistemas de agua y electricidad—, que son esenciales para que la población pueda sobrevivir. Estas salvaguardias no son opcionales. Cuando se ataca una central eléctrica o una planta de tratamiento de agua, las consecuencias trascienden con creces la destrucción de la infraestructura, se hacen evidentes en la siguiente sala de tratamiento de cólera, abarrotada de pacientes, algunos de los cuales perderán la vida.

La lección que nos dejó el anterior brote de cólera no podría ser más clara. La única pregunta que queda realmente en el aire es si las partes implicadas están finalmente dispuestas a aprender de ella, mediante una acción humanitaria que financie y agilice la preparación, y una voluntad política que proteja a la población civil y a la infraestructura, antes de que la historia vuelva a repetirse.

Información de la nota

Localidades

Fecha de publicación

25 de septiembre de 2026

Tiempo de lectura

Calculando tiempo de lectura…

Compartir

Conoce más

Relacionado
Relacionado
Relacionado
Relacionado