Las personas que huyen de la violencia, la intimidación y el acoso desencadenados por las protestas antimigrantes del 30 de junio necesitan atención médica continua, protección y apoyo humanitario mientras miles transitan por Sudáfrica en su viaje de regreso a los países vecinos. En Médicos Sin Fronteras (MSF) atendemos a pacientes traumatizados y a muchas personas desplazadas que han visto interrumpido su acceso a medicamentos vitales para el VIH y otras enfermedades crónicas en las ciudades fronterizas de Musina y Beitbridge, entre Sudáfrica y Zimbabue.
El centro de repatriación temporal, gestionado por el gobierno sudafricano y ubicado a unos 20 minutos en coche de la pequeña ciudad de Musina, es un lugar polvoriento con grandes tiendas blancas, donde, a pesar de ser invierno, la temperatura ronda los 30 grados centígrados. Miles de personas allí reunidas están atemorizadas y desesperadas; el ambiente es de profunda desolación. La carpa médica donde MSF gestiona una clínica está bastante lejos de donde las personas hacen fila diariamente para tomar autobuses de regreso a sus países de origen, lo que dificulta el acceso a algunos pacientes.

Mientras trabajaba en una mina de oro en Zimbabue hace seis años, Munyaradzi estuvo expuesto a una sustancia química tóxica y aún sufre de un dolor debilitante. Ahora, a sus 34 años, viaja a Musina desde Dennilton, un pueblo rural en la frontera entre las provincias de Limpopo y Mpumalanga en Sudáfrica, donde reside. Lleva siete semanas sin acceso a su medicación para el dolor crónico.
“Ese químico me afectó en 2020 y desde entonces he estado tomando pastillas… Sé que no nos quieren aquí en Sudáfrica, así que me mentalizo para volver a casa, pero la policía me detiene antes de que pueda irme… me llevan a la comisaría. Les conté mi situación, que estaba tomando pastillas. [La policía] no me llevó a la clínica hasta ahora. Por eso vengo aquí, porque estoy intentando conseguir mi medicina”, cuenta a nuestro equipo. “Tengo mucho dolor en el cuerpo. El químico penetra en mi piel y empieza a dañar mis músculos y huesos”.
Al otro lado de la frontera, en Beitbridge, los consejeros de MSF están preocupados por el trauma que sufren sus pacientes. Nobuhle, que vive en Soweto, Johannesburgo, y trabaja como cocinera en un restaurante local, quedó devastada al regresar a casa del trabajo el 17 de julio y encontrar su casa incendiada. Por suerte, sus tres hijos no estaban en casa en ese momento.
“Encontré mi casa quemada. Perdí mi pasaporte y mi permiso de residencia, toda mi ropa y mis muebles, los certificados de nacimiento de mis hijos. No tengo nada conmigo. Solo tengo este pequeño bolso. Ni siquiera tengo ropa para cambiarme”, dice. “Pensé que tener pasaporte y permiso de residencia me salvaría, pero no, me equivoqué. Quise suicidarme. He perdido la esperanza y no sé qué voy a hacer”.

La idea de que el llamado proceso de “autorrepatriación” sea siempre voluntario es cuestionable, ya que muchos malauíes, mozambiqueños y zimbabuenses, atemorizados, insisten en que están documentados, pero no les queda más remedio que huir para salvar sus vidas.
De paso por Musina, Joseph, de 49 años originario de Pietermaritzburg, Malaui, trabaja como sastre en Sudáfrica desde 1995, comenzó su tratamiento antirretroviral en 2008. “Vienen a mi casa y me dicen: ‘eres extranjero, vete‘. Así que huyo y me escondo con mis amigos. Luego voy a Durban. Me quedo en la estación de autobuses; llovía, pero estamos afuera”, cuenta. “Dejo mi medicación [contra el VIH] en casa. No me preocupo por eso ni por la ropa; si sigo vivo, la conseguiré. Llevo varias semanas sin tomarla. Es un alivio; hoy recibí mi medicación [de MSF]”.
Freedom, 46 años, se mudó de Zimbabue a Sudáfrica en 2009, donde trabaja como electricista y plomero. Tras recibir tratamiento en Beitbridge, se vio obligado a abandonar Sudáfrica debido al deterioro de su salud, ya que no había podido acceder a su medicación antirretroviral (ARV).
“Dejé de tomar mi medicación durante tres meses a causa de los ataques xenófobos en Sudáfrica. Ya no podía acceder a la clínica como antes y mi estado empeoró. Antes de todo esto, las enfermeras en Sudáfrica no toleraban que faltáramos a la cita para recoger nuestros ARV. Ahora todo ha cambiado; ya no nos quieren”, afirma. “Cuando llegué al lado zimbabuense, estuve hospitalizado cuatro días… porque había perdido mucho peso, tenía la pierna hinchada y me sentía muy débil. Me alegra haber recibido un suministro de ARV para un mes y haber sido derivado a una clínica local en Gweru para continuar el tratamiento”.

A pesar de tener un pasaporte válido y un permiso de trabajo, Freedom nos cuenta que estos documentos no pudieron protegerlo cuando grupos antimigrantes fueron de puerta en puerta amenazando a personas no sudafricanas en sus hogares.
Los equipos de MSF también atienden a muchos pacientes que no tienen acceso a su medicación para la hipertensión crónica. Si no se trata, la presión arterial alta puede provocar complicaciones graves, como accidentes cerebrovasculares e insuficiencia cardíaca, coágulos de sangre e incluso la muerte. En Musina, el equipo de MSF atendió a Joyce, una mujer malauí de Boksburg Norte, cerca de Johannesburgo.
“El médico dice que mi presión arterial es de 214/95. No fui a la clínica antes, tenía demasiado miedo. Me fui a casa porque me dijeron que fuera extranjera. Tengo miedo de los sudafricanos”, dice. Joyce viajó a Musina después de dormir a la intemperie durante dos días.
“Nos preocupa la interrupción del acceso a la atención médica y la continuidad de la atención para las personas que viven con enfermedades crónicas como el VIH, la tuberculosis, la diabetes, la hipertensión y problemas de salud mental”, dice Caroline Masunda, jefa del equipo médico de emergencia de MSF en Musina. “Estamos observando una tendencia en Musina de pacientes que no han podido acceder a tratamientos vitales contra el VIH y la tuberculosis durante meses después de ser rechazados en los centros de salud sudafricanos por ser migrantes, lo que aumenta su riesgo de fracaso del tratamiento y, en algunos casos, de desarrollar resistencia a los medicamentos”.
Si bien las autoridades sudafricanas han informado haber procesado a más de 53,000 migrantes para su repatriación, muchas personas continúan viajando por rutas informales. Los medios de comunicación indican que 34,000 personas han regresado a Malaui y 100,000 a Zimbabue, lo que muestra la magnitud regional del desplazamiento.
“Más de 100,000 personas huyendo o desplazadas son cifras que Médicos Sin Fronteras (MSF) suele ver en zonas de conflicto, no en democracias relativamente estables como Sudáfrica”, afirma Caroline Masunda, de MSF. “Ante la gran cantidad de personas desplazadas, hacemos un llamado a los gobiernos de la región para que intensifiquen la colaboración y garanticen la continuidad de la atención médica”.

Miles de personas son procesadas diariamente en Musina y permanecen allí un promedio de 24 horas. Si bien el sistema parece eficiente, MSF advierte que las personas vulnerables podrían quedar sin atención médica debido a su reticencia a abandonar las filas para buscar asistencia o porque se marchan antes de recibirla.
*Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los pacientes.
**Los testimonios fueron traducidos del idioma local de los pacientes al inglés.
